El 11 de mayo de este año, el New York Times publicó una columna de Nicholas Kristof sobre abusos sexuales contra prisioneros palestinos. Entre las acusaciones había una en particular: que Israel usa perros para violar a los detenidos.
Kristof es un periodista con una carrera larga y premiada. Reportó el genocidio de Darfur y el tráfico de personas. No es un panfletista.
Un experto en conducta canina consultado por la agencia JTA —policía retirado, vinculado al proyecto de cerebro canino de Harvard— dijo que es imposible entrenar a un perro para cometer una agresión sexual.
Lo más interesante no es la acusación. Es el camino que recorrió hasta llegar ahí.
EL PROCESO
Un analista de código abierto llamado Travis Hawley lo reconstruyó paso a paso.
Junio de 2024: la cuenta en árabe de Al Jazeera publica una entrevista con un funcionario del ministerio de salud de Gaza, administrado por Hamás, que dice que los perros del ejército de Israel —perros que ese ejército, como todos los ejércitos del mundo, emplea para tareas de vigilancia y detección de rutina— cometieron “actos viles” contra los detenidos.
Días después, una cuenta anónima en X la traduce al inglés y agrega una palabra que no estaba allí: “violación”. Ahí empieza a circular el rumor. Lo levantan algunos influencers, una ex vocera de campaña antiisraelí, un periodista.
Semanas más tarde, una ONG con sede en Ginebra publica un informe que promueve la acusación. Es la misma organización que sostuvo que Israel exhuma palestinos para robarles órganos.
Días después, un israelí residente en Estados Unidos, “activista antiisraelí”, escribe que una fuente israelí le confirmó la historia. No dice quién. No aporta nada más. Según Hawley, ese fue el momento decisivo: ¡ahora hay israelíes que lo confirman!
Todos los medios alimentan la acusación. Ni siquiera X, que tantas veces agrega una nota de advertencia a sus lectores cuando circula una información falsa, intervino en este caso.
Y después vino el New York Times.
De una cuenta anónima a la página de opinión del diario más influyente del mundo. Sin que nadie, en ninguno de los eslabones, pidiera ninguna evidencia.
Si exactamente la misma acusación hubiera sido dicha sobre el ejército de Canadá o Japón o incluso Corea del Norte, el editor del New York Times exigiría documentación. Pediría el nombre de la prisión donde se cometió este acto, un informe forense, un testigo identificado, un video o por lo menos una fotografía. Es el procedimiento normal de verificación de una información.
Pero con Israel —y con los judíos— el proceso de verificación se saltea. No es necesario. La acusación no necesita probarse. No requiere evidencias. Con Israel es todo lo opuesto a “uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario.” Y lo peor: ¡el público lo cree!
IMPUNIDAD
El antisemitismo verbal moderno tiene además otra característica: nadie paga por las mentiras que dice sobre Israel y los judíos. A nadie se le exige la renuncia, ni se le cancela la cuenta de X o Instagram. ¡Es el único odio, la única discriminación, que está normalizada en el mundo occidental! Antes, por lo menos, había una disculpa en una página interior del diario, o en un rincón del website que nadie mira y que era totalmente ineficaz contra el daño ya causado. En el caso del NYT, por ejemplo, ni siquiera hubo esa disculpa escondida. Preguntado específicamente por la acusación de los perros, el diario no respondió.
La demonización contra los judíos funciona porque en una gran parte del mundo occidental existe una predisposición de los consumidores a creer todo lo malo que se diga sobre los judíos. Hay un antisemitismo mental, cultural, inconsciente que precede al verbal, que consume con cierto “placer” la validación de sí mismo.
Me siento indignado por las increíbles, falsas y ridículas acusaciones que cada semana se escuchan de influencers norteamericanos con millones de seguidores, como Tucker Carlson o Candace Owens: sobre el “genocidio”, o que Israel mandó a matar a Charlie Kirk, o que Israel es capaz de haber promovido la invasión de los marroquíes a Ceuta, como venganza contra España. Y la lista, como todos los judíos sabemos, es horrorosamente interminable.
¿POR QUÉ FUNCIONA?
La primera razón: la historia ya está escrita. Los envenenadores de pozos, la sangre de los niños cristianos, los Protocolos, ya son parte del subconsciente de una gran parte del mundo. Una acusación nueva contra cualquier otro pueblo tiene que construirse desde cero. Contra los judíos encaja en un molde de dos mil años, y la mente no requiere evaluar evidencia porque identifica un patrón conocido.
La segunda: al acusado, Israel o los judíos, se lo describe como poderosísimo, superinfluyente, satánico. Entonces creer lo peor de él no se siente como prejuicio sino como “coraje”. En inglés se le dice VIRTUE SIGNALING, o señal de virtud: es decir, el demonizador se siente bien al repetir la acusación contra los poderosos porque siente que proteje a los más débiles. El que difunde la demonización de los judíos se ve a sí mismo como alguien que se anima a decir la verdad frente al poder. Y nadie verifica aquello que lo hace sentirse valiente.
La tercera: impunidad. Hablar mal de los judíos es automáticamente validado por el subconsciente de muchas personas “normales”, es aceptado sin requerir verificación, y no tiene ningún costo. Los difusores de calumnias contra los judíos no pagan las consecuencias de haberlas difundido. La demonización hacia los judíos es gratuita.
VAYARE’U OTANU
Nada de esto es nuevo. La Torá lo documentó desde el primer caso, cuando Israel recién nacía como pueblo y sin que hubiera hecho nada para merecerlo.
En nuestra parashá, Ki Tabo, cuando el campesino lleva las primicias al Bet-HaMiqdash recita la historia nacional desde sus comienzos en Egipto, y entonces dice:
וַיָּרֵעוּ אֹתָנוּ הַמִּצְרִים
Las traducciones convencionales dicen: “los egipcios nos hicieron mal”. Pero para decir “nos hicieron mal” la Torá tenía que haber escrito vayare’u lanu. El texto cuidadosamente dice vayare’u otanu: “nos hicieron malos”. “Hablaron mal de nosotros” = Nos demonizaron.
El Faraón instaló la imagen negativa: son muy numerosos, muy poderosos, se llevaron nuestro dinero, y si viene una guerra se van a unir a nuestros enemigos. Ningún hecho, ninguna evidencia, ninguna justificación para estas mentiras: pura tiranía verbal.
ATAQUE CONTRA DIOS
Las causas de la demonización no dependen de lo que hagamos o dejemos de hacer. Creo que tienen que ver con algo más profundo: que somos los recipientes de la bendición Divina.
Pensemos por un momento en el profundo trauma del antisemita. Abre sus propias Escrituras y encuentra que el Dios en el que dice creer eligió bendecir al pueblo judío. Levanta la vista de la página y ve que esa bendición se está cumpliendo delante de sus ojos: un país diminuto que vence una guerra en siete frentes — guerras que, según toda lógica militar, debería perder. Que prospera en Medio Oriente mientras los países que lo rodean, con más territorio, más población y más petróleo, fracasan. Ve una moneda judía que es la más fuerte del mundo, la bolsa judía subiendo, y todo esto en plena guerra, un ejército que asombra al mundo, una población que no deja de crecer, una inteligencia que produce más ciencia por habitante que ninguna otra nación.
Nada de eso debería estar pasando. Israel debería estar tan mal o peor que otros países en guerra, como Siria, Irán o Ucrania. Y sin embargo Israel prospera, mes tras mes, año tras año. Ese es el trauma insoportable del antisemita: la evidencia. Y como no puede negar la evidencia, solo le queda reinterpretarla. Convierte nuestra supervivencia en conspiración, nuestra defensa en genocidio, nuestra fortaleza en poder satánico y nuestros logros en una forma de dominación. La demonización funciona como un mecanismo de alivio psicológico: le permite al antisemita contemplar la bendición sin tener que reconocerla como milagrosa. Es el analgésico del que no soporta ver el favor de Dios hacia Israel.
El campesino judío que traía los Bikurim al Bet-HaMiqdash entendía esto. Recitaba los hechos — la calumnia de Egipto incluida — y después rezaba para que Dios continuara bendiciendo al pueblo judío y a la tierra de Israel, aunque sabía que esa bendición iba a provocar a los que nos envidian:
הַשְׁקִיפָה מִמְּעוֹן קָדְשְׁךָ מִן־הַשָּׁמַיִם וּבָרֵךְ אֶת־עַמְּךָ אֶת־יִשְׂרָאֵל וְאֵת הָאֲדָמָה אֲשֶׁר נָתַתָּה לָנוּ כַּאֲשֶׁר נִשְׁבַּעְתָּ לַאֲבֹתֵינוּ אֶרֶץ זָבַת חָלָב וּדְבָשׁ
“Observa [protégenos] desde Tu santa morada, desde los cielos, y sigue bendiciendo a Tu pueblo Israel y a la tierra que nos has dado, como juraste a nuestros padres — una tierra que mana leche y miel.”
El campesino judío no pide venganza. ¡Pide Su protección y Su bendición!
La demonización antisemita — y particularmente anti-israel o anti-sionista — es el precio a pagar por ser recipientes de la bendición de Dios.

