El 29 de febrero de 1504, Cristóbal Colón estaba varado en Jamaica y se le estaba quedando sin comida. Era su cuarto viaje y le había ido mal. Los gusanos de mar perforaron los cascos de los barcos. Perdió dos y tuvo que encallar los otros dos en la costa de la isla. Llevaba ocho meses ahí. Los nativos lo habían recibido bien y le traían comida, pero dejaron de hacerlo. Colón tenía a sus hombres con hambre y sin manera de retirarse.
Entonces reunió a los jefes del lugar y les dijo que su Dios estaba enojado con ellos. Que esa misma noche, como castigo, les iba a quitar la luna.
Y esa noche la luna se apagó.
Los nativos se asustaron y le pidieron que la devolviera. Colón se metió en su barco a “rezar”. En realidad no estaba rezando: estaba mirando un reloj de arena y contando los minutos. Cuando calculó que el eclipse ya estaba por terminar, salió y les dijo que estaban perdonados. La luna volvió a aparecer. Desde ese día no le faltó comida.
Lo que Colón no les dijo a los jefes es de dónde había obtenido la fecha. La sacó de un libro de tablas astronómicas que llevaba a bordo. Según el historiador Meyer Kayserling, ese libro era el famoso almanaque solar del rabí Abraham Zacuto.
El apellido hebreo original era Zacut (de zejut = mérito). En portugués se cambió a Zacuto y, en italiano, a Zagut.
Un rabino enseñando en Salamanca
Abraham Zacuto nació en Salamanca en 1452. Estudió Torá con su padre y con el Rab Yitsjaq Abohab, al que llamaban el Gaón de Castilla. Fue un gran erudito del Talmud y de la ley judía, y rabino de su comunidad.
Y al mismo tiempo estudió y enseñó astronomía en la Universidad de Salamanca, y después en la de Zaragoza. Un rabino dando clases de ciencia en universidades cristianas, en plena España de la Inquisición.
Para él, las dos cosas no se contradicen. Al contrario. Es la idea que enseña Maimónides: cuanto más entendemos cómo funciona el mundo, más admiramos a Quien lo hizo.
Las tablas y el astrolabio
Zacuto les dio a los navegantes las dos herramientas que necesitaban para salir a mar abierto.
Corrigió y mejoró las tablas astronómicas que se usaban hasta entonces, y las suyas fueron tan superiores que reemplazaron a todas. Él mismo lo escribió, sin la menor modestia: “Yo, Abraham Zacuto, el autor, he corregido todos los libros y mis tablas circulan por todas las tierras cristianas y musulmanas”.
Y perfeccionó el astrolabio. El instrumento existía desde la antigüedad griega, pero se fabricaba de madera y en el mar no servía: en la cubierta de un barco en movimiento no hay manera de tomar una medición precisa con un disco de madera. Zacuto lo mejoró y lo rehizo en cobre. Recién entonces los barcos pudieron salir al mar abierto, sabiendo dónde estaban. Hasta ese momento los barcos navegaban pegados a la costa. Con las tablas y el astrolabio de Zacuto se podía cruzar un océano.
Toda la época de los grandes descubrimientos a través del mar abierto comenzó allí, gracias a este astrolabio.
Zacuto y Colón
Colón lo fue a consultar antes de salir. Zacuto le dijo que el viaje era posible, aunque peligroso.
Y según Kayserling, hizo bastante más que eso. En esa época, Colón era un desconocido, sin dinero ni contactos en la corte. Zacuto fue clave para obtener el préstamo que financió la expedición. Y fue él quien presentó a ese desconocido ante el Rab Don Yitsjaq Abarbanel, el judío de mayor influencia en el reino, quien le consiguió la primera audiencia con los reyes de España. Sin esa reunión no había viaje.
El 3 de agosto de 1492
Ese día Colón zarpó del puerto de Palos. El día anterior, el 2 de agosto, se había vencido el plazo para que los judíos se fueran de España.
El Rab Zacuto se fue con ellos. Cruzó a Portugal, y el rey lo nombró astrónomo de la corte. Cuando Portugal preparó el viaje de Vasco da Gama a la India, fue Zacuto el que hizo los cálculos, y fue Zacuto el que les enseñó personalmente a Da Gama y a sus marineros a usar las tablas y el astrolabio antes de que zarparan, en julio de 1497.
Los dos viajes más importantes de esa época se hicieron con los instrumentos de un judío al que esos mismos reyes estaban echando.
En 1496, el rey de Portugal obligó a todos los judíos del país a convertirse. Zacuto tuvo que escapar de nuevo. Perdió su cargo, su casa y su biblioteca. Él y su hijo Shemuel fueron tomados prisioneros en dos ocasiones antes de llegar a Túnez.
Volvamos a 1504
La noche del eclipse, mientras Colón usaba las tablas para engañar a los nativos de Jamaica, Zacuto estaba en Túnez terminando un libro.
Se llama Séfer Yojasín. Es la historia del pueblo judío desde la Creación hasta nuestros días. Zacuto la escribió sin biblioteca, de memoria y con lo poco que pudo conseguir, refugiado en un país extranjero. Y la escribió alguien que vio con sus propios ojos la Inquisición, la expulsión y el exilio. Es una de las fuentes más importantes que tenemos sobre 1492, porque es el relato de un testigo.
Un hombre al que le sacaron todo dos veces, que estuvo preso y terminó refugiado en el norte de África, podría haber pasado sus últimos años amargado. Se sentó a escribir la historia de su pueblo para que no se perdiera.
De sus últimos años se sabe poco. Según algunas opiniones, llegó a Yerushalayim, estuvo en la yeshibá del Rab Obadiá de Bertinoro y preparó ahí el complejo almanaque hebreo perpetuo, que requiere el conocimiento exacto de los ciclos lunar y solar, y murió en Yerushalayim en 1515.
Pero el historiador Cecil Roth demostró, en su libro Los últimos días de Zacuto, que vivió bastante más. El Rab Zacuto llegó a Yerushalayim, y allí estudió en la yeshibá del Rab Yitsjaq Sholal, el último Naguid de los judíos de Egipto, quien se trasladó a Yerushalayim cuando los otomanos conquistaron Egipto en 1517. Había sido el líder de los judíos de Egipto y, al llegar a Yerushalayim, estableció allí su academia.
En Yerushalayim, Zacuto escribió también un almanaque en hebreo, calculado para los años 1518 a 1524. Y en 1524 lo encontramos en Damasco, donde murió poco después, con más de setenta años.
Ciento cincuenta años más tarde, un astrónomo italiano hizo el primer mapa detallado de la Luna y les puso a los cráteres los nombres de los grandes astrónomos de la Antigüedad y de la Edad Media. A uno de ellos, de casi ochenta kilómetros de diámetro, lo llamó Zagut, en honor al Rab Abraham Zacuto. (El Rab Zacuto escribía su apellido en hebreo ZACUT y en latín “Zagut”).
Su nombre llegó a la Luna.
¿Cómo se orientaba un barco en el medio del mar?
En el mar no hay señales. No hay una montaña, ni un camino, ni un cartel. Cuando un barco perdía de vista la costa, el capitán no tenía forma de saber dónde estaba.
Los navegantes encontraron la solución mirando al cielo. La altura del sol sobre el horizonte al mediodía varía según la distancia al ecuador. Si uno mide esa altura, y sabe qué altura le corresponde a ese día del año, puede calcular en qué punto del planeta está.
Para eso hacían falta dos cosas.
Uno era el instrumento para medir: el astrolabio. Un disco de metal que se colgaba de una argolla para que quedara derecho, con un brazo móvil que se apuntaba al sol o a una estrella, y una escala grabada alrededor del borde que marcaba la altura.
Las otras eran las tablas. Un libro que dijera, para cada día del año y durante muchos años, dónde tenía que estar el sol. Sin ese libro, la medición del astrolabio no significaba nada: era un número aislado. Las tablas convertían ese número en una posición.
Durante más de un siglo, las mejores tablas del mundo fueron las del Rab Abraham Zacuto.

