Rab Shemuel HaNaguid (993-1056): Talmudista, poeta y militar

VIDA Y OBRA

Cordoba, España, y la era de oro de Sefarad.
Durante el siglo X, mientras Europa apenas sabía leer, Córdoba era la capital cultural e intelectual del mundo civilizado. Y dentro de esa ciudad florecía la comunidad judía más brillante que el exilio había conocido: es lo que se conoce como la Edad de Oro de España. El arquitecto de ese milagro fue Jasday ibn Shaprut (915–970), médico personal del Califa —el rey musulmán—, diplomático de confianza del imperio y líder de los judíos de España. Jasday entendió algo que pocos entienden: que el poder sirve para construir. Con su fortuna mantuvo a poetas, gramáticos y sabios, y estableció en Córdoba una gran academia de Talmud, dirigida por el rabino Moshé ben Janoj. Hasta entonces, cada pregunta seria de halajá tenía que ser enviada en barco hasta las academias de Babel, y volvía meses después con la respuesta. Con la academia de Córdoba, por primera vez en la historia de Sefarad, la Torá se respondía en casa.
De esas mismas cortes salió otra revolución: la escuela de gramática hebrea, donde se formalizó la lingüística bíblica, y donde el hebreo, que era una lengua de rezo, volvió a ser una lengua viva, utilizada para crear poesía, con maestros como Menajem ben Saruq y Dunash ben Labrat.
En esa ciudad, en el año 993, nació Shemuel ben Yosef ibn Nagrela. Le tocó heredar ese mundo entero. Y le tocó verlo arder.
Córdoba en llamas
En el año 1013 los soldados que el Califa de Córdoba había traído del norte de África se rebelaron contra la ciudad y la saquearon durante días. Escuelas, bibliotecas, la corte de justicia y la judería: todo dejó de existir en unas semanas.
Entre los que huyeron hacia el sur estaba Shemuel ben Yosef ibn Nagrela, que tenía apenas 20 años y llevaba consigo la Torá que había aprendido de su maestro, el rabino Janoj ben Moshé, que dirigía la yeshibá de la ciudad. Shemuel era un experto en Talmud y gramática hebrea bíblica. Además, conocía y escribía el árabe clásico (najauí) a la perfección, algo que por lo general solo sabían los hombres de la corte.
Llegó a Málaga sin nada y allí abrió una humilde tienda de especias para mantenerse.
Las cartas
La tienda estaba pegada al palacio del gobernador. Una sirvienta que trabajaba allí no sabía escribir y necesitaba mandarle cartas a su patrón, el ministro del rey de Granada. Contrató al vendedor de especias de la esquina para que se las redactara.
Cuando el ministro leyó esas cartas, preguntó quién las había escrito: la caligrafía, el estilo, la elegancia del texto no eran de una sirvienta. Mandó traer al judío a Granada y lo nombró su secretario personal.
El judío que gobernaba Granada
El ministro murió poco después y, antes de morir, le dijo al rey de Granada, Habús, que ninguno de sus consejeros valía lo que aquel judío. Habús le hizo caso y lo incorporó a su corte.
En pocos años Shemuel se transformó en el hombre que manejaba el reino de Granada: administraba el cobro de los impuestos, negociaba los tratados comerciales con los reinos vecinos y firmaba decretos en nombre del rey. Cuando Habús murió en 1038 y sus dos hijos se pelearon por el trono, Shemuel apoyó a Badís, que fue el que ganó y se convirtió en el nuevo rey.
Dieciocho años en una tienda de campaña
Después ocurrió lo que no tiene ningún otro caso parecido en toda la historia judía del exilio: durante dieciocho años, un judío observante comandó el ejército musulmán de Granada. Un judío que se lavaba las manos antes de comer pan y no montaba a caballo en Shabbat estaba al mando de varios miles de jinetes musulmanes.
Salía en campaña con las lluvias de la primavera y volvía en el otoño. Peleaba contra los reinos vecinos que se habían repartido el sur de España después de la caída de Córdoba: Almería, Sevilla, Málaga.
La batalla que lo definió fue en 1038, en un paraje llamado Alfuente. El rey de Almería marchó sobre Granada con su ministro, un hombre que llevaba años escribiéndoles cartas a los otros reyes musulmanes para exigir que ningún judío tuviera autoridad sobre creyentes, y que había prometido en público crucificar a Shemuel cuando lo tuviera enfrente. El rey de Almería murió en la retirada. El ministro fue capturado vivo y ejecutado.
Presidente de la comunidad judía
En 1027 la comunidad judía de Granada le dio el título con el que quedó en la memoria: Naguid, jefe o presidente de los judíos de España. Usó su fortuna para hacer jésed y difundir la Torá. Pagaba a copistas para reproducir el Talmud y repartía los ejemplares gratis entre estudiantes sin dinero. Mandaba dinero a las escuelas de Babel, de Jerusalem y del norte de África. Mantuvo durante años a un poeta joven, huérfano, enfermo y de difícil carácter llamado Shelomó ibn Gabirol, que le dedicó versos de admiración y después lo insultó en público.
Murió en 1056, después de una vida entera de guerra. Su hijo Yosef heredó el cargo. Pero diez años más tarde, en 1066, una turba asaltó el palacio de Granada y lo asesinó.
Y sin embargo, lo que quedó de Shemuel HaNaguid para la posteridad judía no fueron sus impresionantes victorias militares.

LA GUERRA Y LOS POEMAS
A Shemuel le encantaba escribir. Y lo hacía muy bien. Escribía por la noche antes de la batalla, escribía después de la victoria, escribía cuando volvía a Granada. No publicó sus poemas: eran hojas sueltas, cientos, acumuladas a lo largo de cuarenta años.
Su hijo Yosef, siendo todavía un chico, se puso a copiarlas y ordenarlas. Las dividió en tres libros y les puso nombres que son una declaración de lealtad a su padre: Ben Tehilim, Ben Mishlé y Ben Qohélet —”el hijo —o el descendiente— de los Salmos”, “hijo de los Proverbios”, “hijo de Kohélet”.
Ben Tehilim
Es el libro más importante. Y contiene algo que no existía en hebreo desde el tiempo de David HaMelej: poesía de guerra escrita por un hombre de fe plena en Dios en el campo de batalla.Varios de estos poemas vienen precedidos por una introducción en prosa que explica la ocasión: quién atacó, cuándo, qué pasó. Exactamente como los encabezados de los Salmos de David: “al director del coro, salmo de David, el día en que HaShem lo salvó de la mano de todos sus enemigos y de la mano de Shaúl”. Shemuel adoptó esa misma forma como para continuar el estilo del poeta, el rey David, jefe de los ejércitos judíos. Uno de esos encabezados dice que Shemuel compuso los versos y los fijó “en lugar de la Tefilá de Minjá de aquel día”.El poema de la batalla de Alfuente, la más decisiva de su vida, es el más largo: 149 versos. Describe los ejércitos en formación, la tierra que tiembla, las lanzas como relámpagos, las flechas como gotas de lluvia, el polvo que tapa el sol, la tierra que bebe sangre. “El día fue día de niebla y oscuridad —escribe— y el sol, como mi corazón, negro.” Y en medio del combate, Shemuel reza: “Los que me odian derraman sangre como agua, y yo derramo plegaria.” El poema termina con un canto de agradecimiento construido en base a Shirat HaYam y el canto de Deborá. Aquí está el link donde se puede leer: https://benyehuda.org/read/6877
Hizo algo más, y es de las cosas más conmovedoras que se saben de él: cada vez que salió vivo de una batalla, lo celebró y lo instituyó para su familia como un día de conmemoración, un Purim privado, en el que leía y repetía el poema conmemorativo.

LA GUERRA Y EL TALMUD
Shemuel HaNaguid también escribió obras de halajá, como el Hiljetá Gabratá, un código completo de toda la ley del Talmud: un antecedente de lo que unas décadas más tarde haría el Rif. Pero la obra se perdió. La conocemos solo porque los grandes rabinos de los siglos siguientes lo citan con respeto. También escribió un diccionario monumental de hebreo bíblico, que también se perdió; y las notas de sus debates sobre diqduq con Rabí Yoná ibn Janaj, de Zaragoza, sobre algunas raíces de palabras de la Torá.
De todos sus escritos rabínicos sobrevivió una pieza breve pero fundamental: Mebó haTalmud, “Introducción al Talmud”. Son pocas páginas, escritas con una economía militar, que explican cómo está armado el Talmud por dentro: qué es una Mishná y qué es una Beraitá, cómo se distingue la voz del Tanaíta de la del Amoraíta, qué significan las fórmulas que abren y cierran una discusión talmúdica, cómo se reconoce cuándo el Talmud está preguntando de verdad y cuándo está preguntando para enseñar. Es un manual para entrar en un texto que, de otra manera, es difícil de entender.

Nadie había escrito nada así antes. Y no lo escribió pensando en especialistas, sino para el estudiante que abre el Talmud y no entiende qué está mirando.
Siglos después de la muerte de su autor, cuando se fijó el formato de la página del Talmud de Vilna que seguimos usando hasta el día de hoy, los editores lo pusieron al final de masejet Berajot, el primer tratado del Talmud. Y sigue ahí, ¡en todas las ediciones estándar!

De un hombre que gobernó un reino, comandó ejércitos durante dieciocho años y sostuvo con su bolsillo las academias rabínicas de tres continentes, quedó su herencia literaria y rabínica: los hermosos poemas que copió su hijo y unas pocas pero importantísimas páginas al final de Berajot que un estudiante común abre y lee sin tener idea de a quién está leyendo.