Los dos rabinos que le regalaron a Estados Unidos el fin de semana

En ocasión del 250.º aniversario de la independencia de los EE. UU., escribí este artículo donde se habla de un tema muy poco conocido: cómo dos rabinos, uno sefaradí y otro ashkenazí, en los turbulentos años previos al siglo XX, colaboraron para la creación del fin de semana —sábado y domingo— que hoy damos por entendido.

En este artículo se puede observar también cómo los principios religiosos inamovibles y no negociables, al final, son los que permanecen: se transmiten de generación en generación y dejan su conciencia positiva en la sociedad y en el mundo. ¡Una gran lección! El artículo lo escribí en inglés y fue publicado por la revista Tablet. Aquí comparto mi traducción al español.

Cómo dos rabinos ortodoxos se negaron a comprometer la ley judía y ayudaron a rediseñar la vida norteamericana

Este 4 de julio, Estados Unidos celebra 250 años de libertad. Entre las más norteamericanas de esas libertades está el derecho de la Primera Enmienda a practicar la propia religión como uno elija. Solemos pensar en ese derecho como una protección pasiva, una línea que el Estado no cruzará. Pero la libertad religiosa en Estados Unidos rara vez fue tan simple. De hecho, en dos batallas famosas y decisivas, esa libertad se jugó gracias al esfuerzo de dos rabinos que, negándose a entregar el Shabbat judío, le dieron a Estados Unidos una de sus instituciones más apreciadas: el fin de semana.

Para entender cómo, hay que volver al comienzo del siglo XX. En ese entonces, la observancia del Shabbat en Estados Unidos se derrumbaba. La semana laboral era de seis días, de lunes a sábado, y casi ningún empleador —ni siquiera muchas fábricas de dueños judíos— daba el sábado libre. Al inmigrante judío que se negaba a trabajar en Shabbat lo despedían, muchas veces, antes del lunes por la mañana.

Peor todavía: cada estado tenía sus “blue laws”, leyes del descanso dominical cristiano que obligaban a la mayoría de los comercios a cerrar el domingo. El propósito de esas leyes era abiertamente religioso: el mercado se detenía para que trabajadores y comerciantes pudieran ir a misa el domingo por la mañana. Pero para el judío observante del Shabbat, la cuenta era brutal: cerraba su negocio el sábado para cumplir con la ley de la Torá, y lo mantenía cerrado el domingo para cumplir con la ley del gobierno. Es decir: los comercios de judíos observantes podían abrir no más de cuatro días y medio a la semana, mientras que los de todos los demás abrían seis.

Había una salida obvia. En Alemania, en la década de 1840, el reformador radical Samuel Holdheim trasladó los servicios principales de su congregación al domingo. ¿Para qué insistir en el sábado —argumentaba— si lo esencial era simplemente tener un día de descanso espiritual? La idea cruzó el Atlántico. En 1885, la conferencia rabínica reformista de Pittsburgh declaró que la observancia no tenía por qué limitarse al séptimo día, y algunas congregaciones empezaron a hacer sus servicios el domingo por la mañana. El arreglo resolvía el problema económico de inmediato. No había peleas con los empleadores, ni choque con las blue laws, ni riesgo de quedar desempleado.

Pero los líderes rabínicos ortodoxos entendían que esa acomodación resolvía el problema equivocado. El Shabbat nunca fue solo un día libre. Era el día alrededor del cual giraba todo lo demás en la vida judía. Y una vez que la observancia del Shabbat se debilitara, también las festividades que él ancla empezarían a desvanecerse, y los ritmos de la vida judía se deshilacharían. Lo más grave de todo: la transmisión del judaísmo de padres a hijos quedaría en riesgo.

Y por eso, dos rabinos tomaron el otro camino. Se negaron a tratar el Shabbat como algo negociable, y pasaron el siguiente medio siglo defendiéndolo.

El Rab Hayim Pereira Mendes (1852-1937) —conocido en su vida norteamericana como Henry— fue una de las grandes voces sefaradíes de su generación. Nació en Birmingham, Inglaterra, en una distinguida familia rabínica sefaradí con raíces en Jamaica, Londres y Ámsterdam. Llegó a Nueva York en 1877 para servir como ministro y jazán de la Congregación Shearith Israel, la sinagoga española y portuguesa fundada en 1654, la congregación judía más antigua de Norteamérica.

Mendes le dio al judaísmo tradicional en Estados Unidos algo que necesitaba con urgencia: un inglés refinado y elocuente. No fue casualidad. Su abuelo materno, el Rab David Aaron de Sola, jazán de la sinagoga Bevis Marks de Londres, pronunció allí el primer sermón en inglés que se escuchó en ese templo, en 1831. Su padre, el Rab Abraham Pereira Mendes, fue el primer judío sefaradí en publicar un volumen de sermones en inglés. Mendes llevó esa tradición del otro lado del Atlántico y tradujo un judaísmo normativo, sin concesiones, a un inglés norteamericano digno. En un momento en que muchos rabinos ortodoxos todavía predicaban sobre todo en ídish o alemán, Mendes llevó una voz inglesa del judaísmo tradicional directamente a los tribunales, las legislaturas, las universidades y los diarios, sin diluirla.

No fue un caso aislado. Para los judíos sefaradíes, la respuesta a la asimilación nunca fue comprometer los principios. Fue la traducción: no solo hablar en un idioma familiar, sino adoptar todo lo de la cultura circundante que no contradijera la observancia de la Torá, tratando al mismo tiempo la ley judía como completamente innegociable.

Ese era el mundo de Maimónides, que escribió su mayor obra filosófica en árabe, el idioma de sus vecinos, y defendió el judaísmo en los mismos términos que usaban sus contemporáneos musulmanes, sin entregar un solo principio judío. Era el mundo de los judíos españoles y portugueses de Ámsterdam y Londres, que se vestían, hablaban y se comportaban como los principales ciudadanos de sus ciudades sin dejar de ser completamente fieles a la Torá. Y era también el mundo de Mendes. Cuando escribió su libro más famoso, The Jewish Religion Ethically Presented, explicó cada ley y cada ceremonia del judaísmo en el lenguaje que sus lectores norteamericanos respetaban —el lenguaje de la ética, el carácter y la razón— y no cambió nada de la ley misma. Porque venía de esa tradición sefaradí, no creía que un judío tuviera que elegir entre ser plenamente judío y estar plenamente en su casa en Estados Unidos: se podía ser las dos cosas. La Torá y la observancia del Shabbat no eran negociables, pero la forma de explicarlas sí.

Su compañero ashkenazí en esta lucha fue el Rab Bernard Drachman (1861-1945). Nació en la ciudad de Nueva York, hijo de padres inmigrantes de Galitzia y Baviera, y se graduó en Columbia College en 1882. Una congregación reformista financió sus estudios en Alemania, esperando que volviera como rabino reformista. En cambio, tras encontrarse con la piedad y la seriedad intelectual de la ortodoxia de Europa del Este, regresó a Estados Unidos convertido en un judío ortodoxo comprometido, para asombro de quienes lo habían patrocinado.

Drachman fue el primer rabino ortodoxo nacido en Estados Unidos en predicar en inglés en ese país. Durante más de 50 años lideró la Congregación Zichron Ephraim, en la calle 67 Este, y más tarde la Park East Synagogue. Juntos, Mendes y Drachman demostraron que el judaísmo tradicional no era una reliquia del Viejo Mundo, sino que podía volverse norteamericano sin entregar sus principios.

Los dos construyeron instituciones. En 1898, Mendes fundó la Union of Orthodox Jewish Congregations of America —la Orthodox Union de hoy— y fue su primer presidente. Drachman fue el segundo, entre 1908 y 1920. Mendes dirigió la Jewish Sabbath Observance Society, y Drachman la Jewish Sabbath Alliance of America, un grupo dedicado a ayudar a los judíos a guardar el Shabbat sin sufrir consecuencias insostenibles.

Su trabajo era muchas veces poco glamoroso e intensamente personal. Mendes mantenía una oficina junto a Shearith Israel abierta de la mañana a la noche. Día tras día llegaban judíos observantes del Shabbat que habían perdido su empleo por negarse a trabajar el sábado. Una y otra vez, Mendes los ayudaba personalmente a encontrar un nuevo trabajo. Viajó repetidas veces a Albany para testificar contra las leyes de cierre dominical, luchó para que se eximiera a los estudiantes judíos de los exámenes fijados en días festivos judíos, y peticionó al gobierno para que se les diera a los soldados judíos permiso en Yom Tov. Drachman puso a su propio hermano Gustave, abogado, como asesor legal de tiempo completo de la Sabbath Alliance, defendiendo durante décadas a comerciantes judíos procesados bajo las leyes de cierre dominical.

Durante años presionaron su causa, sin éxito, a través de las legislaturas, los tribunales y las apelaciones directas a los empleadores. Organizaciones sabatarias cristianas como la Lord’s Day Alliance derrotaban una y otra vez los pedidos judíos de excepción, mientras los comerciantes no judíos argumentaban que permitir que los judíos cerraran el sábado en lugar del domingo les daba una ventaja comercial injusta.

Después de décadas de no lograr convencer a los norteamericanos de que honraran el Shabbat judío, Drachman propuso algo audaz. En lugar de forzar a cada ciudadano al mismo calendario religioso, ¿por qué no crear dos días de descanso? Que los judíos observaran el sábado y los cristianos el domingo, y que se alentara a Estados Unidos a adoptar una semana laboral más corta.

En 1915, Drachman llevó ese argumento directamente a territorio hostil cuando viajó al Lord’s Day Congress en Oakland, California, una reunión nacional de los mismos sabatarios cristianos que durante tanto tiempo se habían opuesto a los pedidos judíos. De pie ante hombres que habían rechazado sus apelaciones una y otra vez, Drachman habló con respeto pero sin disculparse. El Shabbat judío, les recordó, estaba en los Diez Mandamientos. No era negociable. Pero si cada comunidad religiosa podía preservar su propio día sagrado con dignidad, mientras los trabajadores ganaban más tiempo para la familia y el descanso, la propia sociedad norteamericana saldría beneficiada.

A diferencia del mes y del año, la semana de siete días no tiene base en la astronomía ni en la naturaleza. El ciclo continuo de seis días de trabajo seguidos de un séptimo sagrado entró en la civilización mundial a través de la propia Biblia hebrea. Dos rabinos ortodoxos le estaban pidiendo ahora a la nación industrial más poderosa de la tierra que reorganizara el trabajo moderno en torno a ese antiguo ritmo bíblico.

Es cierto que los rabinos ortodoxos no establecieron solos la semana laboral de cinco días: los sindicatos, los reformadores industriales y las nuevas teorías sobre la productividad contribuyeron todos a su surgimiento. Pero ellos ayudaron a construir el argumento moral y político años antes de que se volviera práctica habitual, y lo hicieron precisamente porque se habían negado a dejar que la distinción judía se disolviera en la cultura circundante.

Drachman pudo dar ese argumento en Oakland justamente porque no había movido el Shabbat al domingo. Fue la insistencia en el sábado —lo mismo que hacía que los judíos observantes resultaran incómodos para el sistema existente— lo que con el tiempo pasó a formar parte de un replanteo más amplio del trabajo, el descanso y la libertad religiosa en Estados Unidos.

La idea se difundió despacio al principio, y después con una velocidad notable. A partir de 1919, la Sabbath Alliance unió fuerzas con sindicatos liderados por judíos. En 1920, la Amalgamated Clothing Workers of America respaldó la semana laboral de cinco días. En 1924, una convención de rabinos ortodoxos de Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut respaldó formalmente el fin de semana de dos días; ese mismo año, 50.000 trabajadores textiles fueron a la huelga en apoyo de la medida. Dos años después, el número se duplicó: 100.000 trabajadores textiles en Nueva York y Filadelfia. Para 1927, la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos declaró que la semana de cinco días era prácticamente el estándar en la industria de la confección, y de ahí se extendió por toda la economía norteamericana.

Mendes fue testigo de esa transformación antes de morir en 1937. Drachman vivió hasta 1945, lo suficiente para ver el Shabbat observado de nuevo en el séptimo día por miles de judíos norteamericanos, por primera vez en casi un siglo.

Hoy, cuando Estados Unidos celebra su cumpleaños histórico, el fin de semana se volvió tan común que casi nadie se pregunta de dónde vino. La respuesta, en parte, son dos rabinos ortodoxos que se negaron a mover el Shabbat al domingo. Lo que hacían, sin saberlo del todo, era la tarea inconclusa de la libertad religiosa norteamericana. No se propusieron darle a Estados Unidos el fin de semana. Simplemente no estaban dispuestos a renunciar al Shabbat. Y precisamente porque no se doblegaron, Estados Unidos terminó adaptándose a sus principios.