I ❤️ ISRAEL: El desafío de ayunar en Israel
Ayer fue el 17 de Tamuz, un día de ayuno que inaugura un período de duelo que irá creciendo hasta el día 9 de Ab. Recordamos las cinco tragedias que golpearon al pueblo judío en esta fecha: el quiebre de las Tablas de la Ley, la traición de Menashé, la cancelación de los sacrificios y la brecha en las murallas de Yerushalayim.
En la diáspora, incluso en los lugares más cómodos del mundo judío, cada vez es menos difícil sentir el duelo. Para experimentar estos ayunos correctamente, uno debe sentirse “exiliado”; fuera de su casa; demonizado y odiado por los anfitriones. Pero aquí en Israel, ¿cómo se hace para sentir este tipo de duelo? Y no porque a Israel le falten amenazas externas o problemas internos. Es que acá cuesta estar triste, disfrutando de la extraordinaria oportunidad que HaShem le da a nuestra generación: vivir en Su país y servirlo a Él en Su lugar de residencia.
LOS NÚMEROS
Este sentimiento “contagioso” de felicidad que se siente aquí no es pura teoría o subjetividad. Aquí también hay números.
En el índice internacional de felicidad de 2026 —el World Happiness Report, que mide 147 países— Israel ocupa el puesto 8 del mundo. Por segundo año consecutivo. ¡En plena guerra con Irán y compañía!
Y el dato más notable: son los israelíes menores de 25 años, la generación del futuro, los que ocupan el tercer lugar del mundo. Los jóvenes que hacen el servicio militar, que corren a los refugios, que sufrieron el trauma de los secuestrados, que enterraron amigos. Terceros en felicidad, muy por delante de sus pares de Occidente. En Estados Unidos, por ejemplo, los jóvenes rondan el puesto 60. Y los vecinos de Israel, como Egipto: puesto 139. O Líbano: 144.
Y esto no es solo estadística: ¡uno lo ve en la calle! En los shoppings. Restaurantes llenos, familias con muchos hijos, gente que disfruta el presente y planea el futuro.
Es el milagro más grande: que el país más amenazado del mundo sea el país más alegre de Occidente.
EL SECRETO
¿Cómo se explica? Los investigadores hablan de lazos familiares, de cohesión social. Todo cierto. Pero yo creo que hay algo más: aquí hay un sentido de propósito.
El israelí común —el soldado, el agricultor, la madre que cría cinco hijos— sabe que su vida diaria es parte de algo más grande que él. No está simplemente “viviendo su vida”: está cuidando la casa. La casa de todo el pueblo judío del mundo. Cada judío del planeta, lo sepa o no, tiene aquí su casa. Y si alguna vez la necesita —si algún día su país de residencia deja de ser 100% seguro— aquí lo esperan su refugio, su seguridad y su futuro. Los israelíes son los guardianes de esa casa. Y el que cuida la casa de todo un pueblo no tiene tiempo para el vacío existencial.
La psicología moderna lo confirma: la felicidad no viene del confort, viene del propósito. Por eso los jóvenes israelíes, que saben lo que hacen, por qué lo hacen y para quién lo hacen, con todo lo que cargan sobre los hombros, son más felices que los jóvenes que tienen todas las comodidades y ninguna misión en la vida —ninguna forma de impactar con sus acciones el destino de una nación.
Por eso el 17 de Tamuz en Israel tiene otro sabor. Ayunamos por las murallas que se quebraron, mientras estamos rodeados de las murallas que se están construyendo.
La Mishná (Taanit 4:8) nos recuerda claramente que algún día estos ayunos se convertirán en jornadas de alegría. Aquí en Israel, no parece que estemos muy lejos de ese día.