Historia de la destrucción del segundo Bet HaMiqdash. Parte 2

En la primera parte de esta historia (ver aquí) explicamos cómo las divisiones internas le abrieron las puertas de Jerusalem a los romanos, cómo Judea pasó de ser un estado independiente a una provincia romana, y cómo, tras la muerte del rey Agripas en el año 44, comenzó el período más amargo de nuestra historia bajo Roma, que culminó con la destrucción del Bet haMiqdash en el año 68.

DE MAL EN PEOR

Tras la muerte de Agripas (año 44 de la era común), que fue el mejor gobernador que tuvo Judea, se inició un período muy difícil para Am Israel. Los romanos impulsaron a los paganos a establecerse en Israel, los eximieron de impuestos y los favorecieron con sus leyes. Por otro lado, cuando un judío no pagaba los exorbitantes impuestos a los romanos, su tierra era confiscada y entregada gratuitamente a los paganos. La población judía se sentía cada vez más desplazada y privada de su tierra. En el plano religioso la situación no era mejor: las provocaciones y humillaciones contra los judíos seguían creciendo.

CUMANO Y FÉLIX

Maimónides indica que la terrible ofensa de Apostomus, que quemó públicamente un Sefer Torá, tuvo lugar en la época del gobernador Cumanus (48-52). Luego vino Marco Antonio Félix, que gobernó Judea durante 8 terribles años (52-60). Félix fue un esclavo en su juventud, guardaba rencor a los judíos y abusaba de su poder. El historiador romano Tácito denunció su actitud diciendo que Félix “practicó toda clase de crueldades y abusos, ejerciendo su poder de procurador con la mentalidad de un esclavo”. Los romanos hicieron todo lo posible para anexar Judea y exigían a los judíos que se convirtieran en ciudadanos “normales” del imperio o que abandonaran Israel. La situación era desesperante.

FLORUS

La agresión de los romanos contra los judíos alcanzó su punto máximo en tiempos del procurador Florus, del 64 al 66 de la era común. Florus fue designado por el extravagante y tiránico emperador romano Nerón, que reinó del 54 al 68. El objetivo de Florus era saquear el Bet haMiqdash y robar los objetos sagrados del Templo que estaban hechos de oro puro. En el año 66, Florus llegó a Yerushalayim y robó doce talentos de plata del Bet haMiqdash, alegando que actuaba en nombre del emperador romano. También exigió que todos los judíos de la ciudad fueran a saludarlo y bendecirlo. Muchos lo hicieron por temor a la impredecible reacción de Florus. Al día siguiente, Florus exigió que todos los líderes judíos que no habían estado allí fueran ejecutados por faltarle el respeto. Y ordenó a sus soldados que tomaran represalias matando a todos los judíos que encontraran en las calles de Jerusalem. En un solo día, Florus asesinó a 3.600 judíos: hombres, mujeres y niños. Y ordenó crucificar a los líderes judíos (vale aclarar que la crucifixión era el método de ejecución utilizado por los romanos, no por los judíos).

PROVOCACIÓN CON FINES DE LUCRO

Como si esto fuera poco, Florus convocó a los líderes rabínicos y a los Cohanim del Bet haMiqdash para “calmar la situación”. Los líderes judíos aceptaron ingenuamente las demandas de Florus con la esperanza de que esto detuviera las masacres, pero cuando llegaron, el ejército de Florus los atacó y mató a muchos de ellos. Algunos historiadores creen que Florus estaba provocando deliberadamente a los judíos sabiendo que eventualmente se rebelarían. Y planeó usar esta rebelión como excusa para saquear el oro del Bet haMiqdash.

COMIENZA LA GRAN REVUELTA

Flavio Josefo escribe que el líder judío Agripas II trató de evitar una rebelión alegando que el problema era Florus, no los romanos. Trataba de convencer a los judíos de que luchar contra los romanos sería un acto suicida, sin posibilidad de éxito. Los esfuerzos tenían que ser diplomáticos, no militares: el emperador tenía que reemplazar a Florus. Pero muchos sintieron que habían llegado a un punto de no retorno y que si no se rebelaban, desaparecerían. Así, en el año 66 de la era común se inició la Gran Revuelta de los judíos contra los romanos (המרד הגדול). Cuando Nerón se enteró de la insurrección, envió a Judea la poderosa legión 12ª, llamada “Fulminata”. Pero antes de que pudiera llegar a Jerusalem, la legión fue emboscada y destruida por las milicias judías dirigidas por El’azar ben Shimón en Bet Jorón. Los líderes romanos quedaron atónitos: no creían que los judíos, famosos por su pacifismo, pudieran luchar con tanto coraje.

LA VENGANZA SERÁ TERRIBLE

Los judíos se atrincheraron en la ciudad de Yerushalayim, que estaba protegida por muros muy poderosos. Los romanos, sorprendidos, abandonaron la ciudad. Pero para vengarse atacaron a los judíos que vivían en otras ciudades de Israel: Aco, Ashquelón, Cesárea, etc. Flavio Josefo reporta que decenas de miles de Yehudim fueron masacrados por los romanos en este período. Para detener la rebelión, Roma envió un gran ejército de 40.000 soldados al mando de Casius Galus, que mientras avanzaba desde el norte arrasaba e incendiaba toda ciudad y pueblo judío que encontraba en su camino. Esto hizo que la rebelión judía contra Roma se expandiera fuera de Yerushalayim y contara con más apoyo interno.

LA HISTORIA SE REPITE

Cuando llegaron a Jerusalem, los romanos sitiaron la ciudad y se organizaron en formación de ataque. Los Yehudim estaban decididos a defender la ciudad con sus vidas. Los romanos atacaron durante seis días consecutivos. Trataban de escalar el muro con torres especiales, pero los Yehudim resistieron y repelieron el ataque. Flavio Josefo cuenta que los romanos hacían una formación militar llamada “la tortuga”, para protegerse con sus escudos de cualquier ataque desde arriba de la muralla, mientras azotaban con terribles golpes la puerta de la ciudad, tratando de derribarla e incendiarla. Casius también intentó debilitar con sus arqueros las defensas judías apostadas en las altas torres de la muralla, pero los judíos resistieron. Durante una semana el ejército de Casius lo intentó todo, y no pudo quebrar las defensas judías. Y entonces ocurrió lo que nadie esperaba: tal como había sucedido unos 800 años antes, en los tiempos del rey Jizquiyahu y el general asirio Sanjerib que sitió la capital judía, Casius sorpresivamente emprendió la retirada. Los historiadores no están seguros si esto se debió a que Casius subestimó la capacidad de los judíos para defender la ciudad, o a que su ejército no contaba con los suministros necesarios, ya que las milicias judías comandadas por Shimón ben Guiorá se encargaban de emboscar y destruir las caravanas que traían refuerzos y provisiones. Esta retirada fue un verdadero milagro. Y si hubiéramos permanecido unidos, dijeron nuestros Sabios, nunca nos hubieran vencido.

LA VICTORIA EN LAS MONEDAS

La victoria de los judíos —haber resistido y vencido al ejército más poderoso del mundo— se manifestó, entre otras cosas, con la acuñación de una nueva moneda judía, “el shequel”, símbolo de la nueva autonomía. Mientras que las monedas romanas, como los denarios, estaban ilustradas con imágenes de Hércules o de dioses paganos, las monedas judías se ilustraban con una copa, que representaba al Bet haMiqdash y sus objetos sagrados, o con un lulab, un etrog o una granada, uno de los frutos especiales de la tierra de Israel. El texto, escrito en hebreo antiguo, decía: ALEF LEJERUT TSION, “Año 1 de la independencia de Tsion”, y mencionaba el lugar donde estas monedas fueron acuñadas: YERUSHALAYIM QUEDOSHÁ, “Jerusalem, la [ciudad] santa”.

“SINAT JINAM” Y SUS CONSECUENCIAS

Mientras los Yehudim celebrábamos esta milagrosa victoria, el emperador Nerón preparaba una nueva ofensiva contra la ciudad, esta vez al mando del experimentado comandante Vespasiano. Nuestro mayor problema para luchar contra los romanos era que no teníamos un frente unido. Por el contrario: estábamos más divididos que nunca. Al mismo tiempo que enfrentábamos al ejército romano, también peleábamos entre nosotros mismos. Por un lado estaba Menajem haGuelilí, que al mando de un gran número de combatientes había derrotado a los romanos y eliminado a todos los soldados apostados en Jerusalem. Por otro lado estaban los saduceos y Agripas II, con unos 3.000 soldados, que se negaban a rebelarse contra Roma. Menajem había atacado la famosa fortaleza de Metsadá (Masada) y se había hecho con muchas armas capturadas de los romanos. Y una vez que terminó con los romanos, comenzó a utilizar su ejército y sus nuevas armas para luchar contra Agripas. Esta guerra civil, que dejó miles de muertos, duró una semana y finalizó con la victoria de Menajem.

Del otro lado se organizó un nuevo comando judío liderado por El’azar, hijo del gran sacerdote Jananiyá. El’azar había ordenado que no se ofrecieran más sacrificios en el Bet haMiqdash en honor al emperador romano: una clara señal de que los judíos ya no aceptaban la autoridad de Roma y se declaraban un estado independiente. De haberse unido, estos dos líderes podrían haber resistido al ejército romano. ¡Pero ocurrió lo peor que podía haber pasado! Una vez que los romanos fueron vencidos, comenzaron los conflictos internos: quién iba a liderar la contraofensiva. Menajem asesinó a Jananiyá, el padre de El’azar. Y El’azar se enfrentó con Menajem: “No queremos cambiar a un tirano [el emperador de Roma] por otro tirano [Menajem]”, dijo. Los ejércitos de ambos, y luego el de Shimón ben Guiorá, se enfrentaron en sangrientas batallas internas. Y así, enfrentados y sin un liderazgo que nos uniera, nosotros mismos preparamos el terreno para nuestra derrota.

TODOS CONTRA TODOS

A diferencia de lo que ocurrió en los tiempos de Janucá (165 a.e.c.), cuando los judíos se sometieron todos al mando de Matitiyahu y sus hijos y así vencieron al poderoso ejército griego, en este caso no había un líder que todos aceptaran al comando de la revuelta. Y el pueblo judío en esa época era MUY NUMEROSO: probablemente más de 3 millones de habitantes, sin contar a los judíos de la diáspora. Era posible resistir y repeler el ataque de los romanos, tal como lo habíamos hecho con un ejército mucho menos numeroso en la época de los Jashmonayim. Pero muchos judíos, especialmente los aristócratas saduceos que tenían un buen pasar político y económico con los romanos, se oponían a luchar. La mayoría del pueblo, los campesinos y la gente más humilde que había sufrido los abusos de los romanos, quería pelear por su libertad. El cabecilla de este grupo era Yojanán miGush Jalab, un hombre del norte de Israel que había vivido personalmente la crueldad sin límites de los romanos. Yojanán se autoproclamó líder de la rebelión y mandó ejecutar a cualquier judío sospechoso de colaborar con Roma. Para reforzar su ejército, Yojanán invitó a los edomitas —que se habían convertido al judaísmo en la época de los Jashmonayim— a pelear junto a él. Unos 20.000 guerreros edomitas se presentaron voluntariamente. Pero cuando llegaron a Jerusalem, el sacerdote saduceo Janán ben Janán hizo cerrar las puertas de la ciudad y los dejó, literalmente, durmiendo afuera. Muchos edomitas, humillados, regresaron a sus tierras. Al otro día, los hombres de Yojanán abrieron las puertas, hicieron entrar a los edomitas y se enfrentaron a los hombres de Janán. Los edomitas asesinaron a Janán junto a muchos de sus hombres. Según Flavio Josefo, el asesinato de Janán marcó el comienzo de la guerra civil judía.

LOS JUEGOS DEL HAMBRE

Pero las divisiones recién comenzaban. Aprovechando el caos que esta guerra civil generaba, otro caudillo judío, Shimón ben Guiorá, llegó a Yerushalayim con un ejército de unos 12.000 hombres. Shimón también aspiraba al liderazgo y enfrentó abiertamente a Yojanán miGush Jalab. Los edomitas, decepcionados del carácter narcisista de Yojanán, se unieron a Shimón. Y algo más sucedió: el segundo hombre más importante del ejército de Yojanán, El’azar ben Shimón, se separó, formó su propio ejército y se enfrentó a Yojanán y a Shimón, con la intención de liderar la rebelión. Cada uno de estos tres hombres dominaba una parte de la ciudad de Yerushalayim, y sus ejércitos se enfrentaban a muerte unos contra otros. Estas batallas duraron 3 años y produjeron la muerte de miles de Yehudim. La Guemará en Masejet Guitín (56a) cuenta que los rabinos de esos tiempos, entre ellos Rabbán Shimón ben Gamliel y Rabbán Yojanán ben Zakay, cuando vieron estas feroces guerras internas entendieron que así sería imposible enfrentar a los romanos, y sugirieron negociar la rendición. Los rebeldes, a los que la Guemará llama “biryonim”, se opusieron a los rabinos. Y cuando comenzó el sitio a la ciudad hicieron lo impensable: incendiaron los depósitos donde había grano, madera y aceite suficientes para sobrevivir el sitio romano por varios años, para así forzar a los judíos a pelear. La falta de comida trajo una terrible hambruna en Yerushalayim que cobró decenas de miles de víctimas.

¿CÓMO VENCER A LOS JUDÍOS?

Mientras tanto, Nerón envió al general Vespasiano a sofocar la rebelión y recuperar el control de Jerusalem. Los hombres de Vespasiano le contaron acerca de las guerras internas entre los judíos y le aconsejaron atacar la ciudad de inmediato. Vespasiano se rehusó, y explicó por qué: los judíos no estaban fabricando armas, ni reforzando las fortificaciones, ni asegurando las murallas de la ciudad. Los judíos se estaban debilitando solos, matándose unos a otros. Y si él atacaba, lo único que lograría sería unir a los bandos enemigos. Lamentablemente, Vespasiano tuvo razón. La guerra entre Yojanán, Shimón y El’azar solamente se detuvo cuando el ejército romano derribó las puertas de la ciudad y entró en Yerushalayim. Recién entonces las tres facciones, a regañadientes, se unieron para defender la ciudad. Pero ya era demasiado tarde.

¿APRENDIMOS LA LECCIÓN?

Los romanos no destruyeron Jerusalem. Los romanos encontraron una ciudad que ya estaba destruida por dentro, y le prendieron fuego. Fuimos nosotros mismos quienes no supimos estar unidos cuando más lo necesitábamos; quienes nos dejamos llevar por “sinat jinam”, una rivalidad banal entre hermanos. Un odio absolutamente innecesario que nos cegó y nos impidió ver y prevenir el mal. Una hostilidad injustificada e ilógica entre miembros de la misma familia, por la que pagamos el precio más caro: la destrucción de Jerusalem y el exilio, del cual recién estamos saliendo. Espero y rezo para que este Tishá BeAb aprendamos la lección y seamos más tolerantes y respetuosos unos con otros. Dijeron nuestros Sabios: si el Bet haMiqdash fue destruido por un odio irracional (sinat jinam) entre hermanos judíos, el próximo Bet haMiqdash será reconstruido cuando nos comportemos con amor incondicional (ahabat jinam) los unos hacia los otros.