EQUEB Vacas Lecheras y Dátiles Medjool

אֶרֶץ זָבַת חָלָב וּדְבָשׁ
El Creador te ha concedido “una tierra que mana leche y miel” —
Debarim 11:9
LA PROMESA
Nuestra Parashá llama a Israel “la tierra que mana (= que produce) leche y miel”. Es quizás la descripción más famosa de toda la Torá. Y durante miles de años fue también la más difícil de creer: los judíos, generación tras generación, leímos estas palabras sin ver ni la leche ni la miel. Sonaban a fantasía. Hasta ahora…
Moshé Rabbenu le describe al pueblo la tierra de Israel: “una tierra… de arroyos, de manantiales y de agua potable que brotan en el valle y en la montaña; tierra de trigo y cebada, de vid, higuera y granada; tierra de olivos de aceite y de miel” (Debarim 8:7-8).
Pensemos en quiénes escuchaban estas palabras. La mayoría, una generación que nació en el desierto. Gente que jamás vio un campo de trigo ni un olivo. Que no sabía lo que era una fruta fresca. Que nunca cosechó nada. Que comió, toda su vida, el maná que bajaba del cielo, racionado, como “comida de astronauta” (con un poco más de sabor). A ellos, Moshé les habla de arroyos, de uvas, de higos, de pan en abundancia — y de algo que ni podían visualizar: leche y miel (Debarim 11:9).
Pero no solo para la generación del desierto la leche y la miel de Israel fueron una utopía inalcanzable: durante los últimos 2,000 años, ¡esta descripción siguió sonando a fantasía para todas las generaciones que vinieron después!
LA LIBRETA DE RACIONAMIENTO
Durante siglos, los que visitaron la tierra de Israel vieron exactamente lo contrario de lo que describe nuestra Parashá: pantanos, malaria, piedras, desolación. Los pocos judíos que vivían allí dependían, en gran parte, de la caridad de las comunidades de la diáspora. El rab Obadiá de Bertinoro, que llegó a Israel en 1488, cuenta que el rabino de Jerusalem era Ya’aqob de Colombano: era tan pobre que únicamente se permitía comer un pedazo de pan durante Shabbat, mientras que durante la semana se alimentaba de las vainas secas de algarrobo que los productores árabes desechaban después de producir la miel de algarrobo. ¡Ni esa miel barata podían probar los judíos!
Pero no hace falta ir tan atrás. Vayamos a 1950, dos años después de la fundación del Estado de Israel. El país no producía comida suficiente para su población, y el gobierno impuso un régimen de austeridad: la tzena’ (צנע, “austeridad” en hebreo). Cada familia recibía una libreta de racionamiento. La ración mensual por persona era de: 12 huevos, 200 gramos de queso, 750 gramos de carne. ¿Y la leche? La leche fresca escaseaba tanto que las cuotas se fijaban por edad — los niños primero — y buena parte del país hacía fila para comprar leche en polvo importada.
Leamos esto de nuevo, despacio: ¡en la tierra de la leche y la miel, la leche estaba racionada! Y no en la época de los romanos ni de los otomanos. Hace solo 70 años. Conozco abuelos en nuestras comunidades que hicieron la fila con esa libreta. ¿Qué habrán pensado, en los años 50, de la promesa de leche y miel? ¿Que era una metáfora?
LA LECHE
Hoy vivimos tiempos absolutamente privilegiados en Israel: tiempos de una abundancia desproporcionada que, si eres judío, puedes llamarla sin vergüenza: ¡”abundancia bíblica”! Es decir: prometida por la Torá.
Tomemos por ejemplo la leche. Israel produce leche en números récord. Y las vacas israelíes — ¡ajústense los cinturones! — producen más leche que las vacas del mundo entero. No es una exageración: son los datos oficiales de la industria láctea internacional. Las vacas israelíes producen en promedio más de 12,000 litros por año. Las siguen Dinamarca y Holanda, con poco más de 10,000; y otros países verdes, húmedos y de pasturas infinitas, como Argentina, con unos 6,500.
¿Saben dónde vive la vaca con el récord absoluto de producción de leche del planeta? Ni en los Alpes suizos ni en la quebrada de Humahuaca. ¡Vive en un kibutz! Sa’ad, a pocos kilómetros de la franja de Gaza (dairyschool.co.il/world-record-holder-milking-cow). No es el pasto ni las llanuras. Es la berajá que HaShem le da a esta tierra.
Las berajot que la Torá prometió hace 3,500 años y que nunca pudimos percibir ¡se están cumpliendo hoy — literalmente, HOY — frente a nuestros ojos!
LA MIEL
¿Y la miel? Aclaremos primero que cuando la Torá habla de miel no se refiere a la miel de abejas, sino al “almíbar dulce” que se produce de los dátiles. Cuando el dátil del Medio Oriente madura, se vuelve blando, almibarado y pegajoso: al tocarlo, prácticamente exuda un jugo que se pega en la piel como la miel.
El Medjool es el dátil más famoso del mundo: grande, dulce y carnoso — el rey de los dátiles. ¿Y adivinen qué país es el primer exportador mundial de dátiles Medjool? (Ajústense otra vez los cinturones): ¡Israel! Exporta estos sabrosos dátiles a unos 60 países y concentra ¡la mitad de las exportaciones globales! Crecen en el valle del Arabá y a lo largo del valle del Jordán. Y este imperio del dátil es una industria relativamente nueva, que despegó en los 90 como un start-up.
La tierra que mana miel de dátiles hoy exporta su miel a los cinco continentes.
MÁS QUE LECHE Y MIEL
La leche y los dátiles son solo dos ejemplos de algo más grande. Israel es un país con más de la mitad de su territorio desértico, sin ríos importantes, sin lluvias durante seis meses al año, rodeado de enemigos y en guerra desde su fundación. Pero tiene BERAJÁ. Y no solo se alimenta a sí mismo: también exporta comida al mundo entero. Frutas, verduras, semillas, tecnología agrícola. ¡Hasta el agua se produce en Israel! Se desaliniza el mar para beber y se reciclan las aguas para regar los campos, en proporciones que ningún otro país del mundo se le acerca.
אֲשֶׁר לֹא בְמִסְכֵּנֻת תֹּאכַל בָּהּ לֶחֶם “El pan que comas en Israel no lo comerás con escasez” (Debarim 8:9). La generación del desierto que escuchó esta promesa no pudo imaginarla. Cien generaciones la leyeron y no la pudieron ver. Incluso nuestros abuelos tenían que comprar la leche con cupones. Y nosotros, sin darnos cuenta, somos quizás la primera generación en miles de años que ve esta berajá cumplida.
La tierra prometida que durante siglos estuvo destruida, desolada y estéril es hoy la tierra de la superabundancia: produce más leche que todo el planeta y exporta sus dátiles, con sabor a miel, al mundo entero.
Rab Yosef Bitton