Cuando alguien me consulta qué es lo más importante en un shidduj, más allá de una familia decente y valores religiosos y morales compatibles, para mí es que esa persona sea “easy going”. No sé cómo se dice exactamente en español, pero es lo contrario de “complicado”.
Easy going es alguien que sabe dejar pasar, en hebreo: מעביר על מדותיו. Que es capaz de decirle que sí a una idea distinta de la suya. Y capaz de cambiar de opinión de manera inteligente.
Piensen en lo que a veces consume a un matrimonio. No son las grandes decisiones — esas llegan cada tanto. Son las discusiones chicas que se hacen infinitas: adónde vamos la primera noche de Pésaj, cómo se va a llamar el bebé, si vamos o no a este casamiento, y quién tiene razón sobre lo que se dijo en la cena del sábado. Un matrimonio puede ser 50 años de desacuerdos menores. Con una persona easy going, cada uno de esos desacuerdos es simplemente una conversación. Con una persona “complicada”, cada una de esas conversaciones ¡se puede convertir en un juicio! Hay que presentar pruebas, llamar testigos, y esperar el veredicto — que nunca llega, porque la apelación queda abierta para siempre.
La psicología moderna tiene un nombre para el easy going. De los cinco grandes rasgos que definen una personalidad, el psicólogo Jordan Peterson insiste en uno que llama agreeableness: la disposición a cooperar, a ceder, a priorizar la paz sobre la razón. Su contrario, la persona disagreeable, es la que necesita ganar. Y ahí está la definición más corta que conozco de lo que hay que evitar: alguien a quien le importa más ganar la discusión que llegar a la verdad.
Con esa persona, cada desacuerdo se convierte en una batalla que alguien tiene que perder. Y en un matrimonio no existe eso de que uno gane: cuando uno de los dos pierde, pierden los dos. Ganaste la discusión y perdiste la noche.
Nuestros Sabios lo dijeron primero, y en cuatro palabras. En Pirqué Abot describen cuatro temperamentos, y al mejor de todos lo llaman jasid: kashé lij’os venóaj lirtsot — difícil de enojarse, fácil de aplacarse. Es exactamente la definición de “easy going”. No es un concepto americano: estaba en la Mishná hace mil ochocientos años. Y la Mishná no pide no enojarse nunca. Eso no existe, y el que dice que nunca se enoja, miente. Pide dos cosas medibles: que el enojo tarde en llegar, y que se vaya rápido.
La primera protege a tu esposa o a tu marido; la segunda protege al matrimonio.
Una aclaración importante: easy going no significa débil. No significa no tener opiniones ni convicciones, ni decir que sí a todo para evitar el conflicto — eso tiene otro nombre, y tampoco es bueno para un matrimonio, porque el que se calla todo durante diez años explota en el año once. La persona easy going tiene posiciones y las defiende. La diferencia está en el objetivo: discute para entender, no para ganar. Puede decir “tienes razón” sin sentir que perdió algo. Puede decir “me equivoqué” sin que colapse su autoestima. Esa es, quizás, la prueba más simple de todas: fíjate cuánto le cuesta a la persona con la que sales pronunciar esas dos palabras, “me equivoqué”. Hay gente encantadora, brillante, exitosa, que no las dijo jamás en su vida.
¿Y cómo se detecta esto en tres o cuatro salidas, cuando todo el mundo te muestra su mejor versión? Porque el easy going no se pregunta — nadie contesta “no, yo soy complicado”. Se observa. Cambia tus planes a último momento y mira qué pasa: el restaurante cerró, llueve, se canceló lo que tenían pensado. La reacción ante el plan arruinado dice más que tres horas de conversación. Mira cómo trata al mozo cuando la comida tarda, y cómo habla del que lo cortó en el tráfico. Y sobre todo: contradícelo en algo menor. No para provocar — para ver. ¿Puede sostener un desacuerdo chico sin que se convierta en algo grande? ¿Te escuchó, o estuvo esperando su turno para responder?
Con quien pasa esas pruebas sin saber que eran pruebas, ya se puede empezar a hablar en serio.

