SHEMINI: Controlar lo que uno come

KASHRUT Y AUTOCONTROL
En la Parashá de esta semana, la Torá introduce la dieta del pueblo judío: el Kashrut. Esta dieta no tiene que ver necesariamente con el bienestar físico, como una dieta baja en calorías o cualquier otro régimen que seguimos para adelgazar o mantenernos saludables. El Kashrut tiene que ver con algo más profundo: con una conducta, un comportamiento que la Torá llama Kedushá — santidad — que HaShem exige a Su pueblo.
¿Qué es la Kedushá? Según la Torá, la santidad se construye sobre un concepto fundamental: el autocontrol y la autodisciplina. Especialmente en aquellas áreas del comportamiento humano vinculadas a la satisfacción de instintos primarios, como la alimentación y la vida sexual. Controlar nuestros impulsos nos humaniza, nos diferencia de los animales, que por naturaleza no pueden decir “no” a sus impulsos. Esa capacidad de decir “no” es lo que nos eleva: nos hace “sobrenaturales” .
La Guemará en Pesajim (49b) lleva esta idea a un extremo sorprendente: según Ribbí Yehudá HaNasí, no todo individuo tiene el derecho de consumir carne. רַבִּי אוֹמֵר: עַם הָאָרֶץ אָסוּר לֶאֱכֹל בָּשָׂר — “Una persona sin educación mínima no debería consumir carne”. ¿Por qué? Porque quien no puede controlar sus propios impulsos no se encuentra en un nivel moral superior al de los animales — y por lo tanto, no tiene el derecho de alimentarse de ellos.
KASHRUT Y EDUCACIÓN DE LOS HIJOS
Los judíos comenzamos a entrenarnos en el autocontrol desde muy pequeños. Recuerdo una vez, en una fiesta, que un señor no judío se acercó a mí para felicitarme por uno de mis hijos pequeños. Le había ofrecido un dulce y mi hijo le dijo que no podia comerlo porque no sabía si era Kasher. Esto es más o menos lo que me dijo:
“Rabino, ¿cómo se educa a un niño de 5 años para que tenga esa clase de autodisciplina? Yo tengo tres hijos, uno de esa edad, y la verdad es que no puedo con sus apetitos. Los niños de hoy son consumidores voraces, entrenados por la sociedad para consumir absolutamente todo lo que se les presenta. Son insaciables. Pero su hijo es diferente: le ofrecí unos dulces, los tomó y me dio las gracias — pero antes de llevárselos a la boca, fue a preguntarle a su hermano mayor si podía comerlos. ¿Cuál es el secreto? ¿Qué premio le prometió? ¿Lo amenazó con algún castigo?”
Le respondí que no había premios ni amenazas. Que cualquier niño judío criado en un hogar que observa Kashrut desarrolla naturalmente ese nivel de autocontrol. Y mientras lo decía, me sorprendí al escucharme: “nunca tuve que explicarles a mis hijos las leyes de Kashrut. Las vivieron. Las aprendieron solos, imitando lo que vieron en casa.
Hay algo notable en esto. El Kashrut es una Mitzva que un niño practica mucho antes de comprenderla. No hay una explicación que “haga clic” a los 3 o 4 años. El niño simplemente nace en un mundo Kasher y lo vive. Y cuando crece, esa práctica ya es parte de su identidad — no solo de su teología.
KASHRUT E IDENTIDAD
El Kashrut es también una de las señales más poderosas de identidad judía. A veces me he sentado en un avión junto a alguien sin ninguna identificación judía visible — kipá, Maguén David, etc. y descubrí su identidad judía cuando le sirvieron su bandeja Kasher. En un viaje, en un hotel, en una reunión de negocios: el Kashrut nos identifica.
Seguir una dieta Kasher nos hace más conscientes de nuestras elecciones y crea naturalmente una afinidad con quienes comparten nuestras prácticas, precisamente en torno al elemento más universal de toda reunión social: la comida.
KASHRUT Y ASIMILACIÓN
La primera vez que la Torá presenta la dieta como un factor de separación fue en Egipto: una protección de la identidad judía. La cultura egipcia era radicalmente diferente de la cultura semítica, especialmente en lo que respecta a la alimentación. Para los egipcios, los animales eran sagrados — los adoraban como dioses, igual que hoy se venera a las vacas en la India. Comer carne animal era una to’evá, una abominación.
Los hermanos de Yosef se presentaron ante el Faraón como pastores que criaban, esquilaban y consumían ovejas y carneros. Y cuando Yosef le informó al Faraón que su familia había llegado de Canaán, le pidió expresamente un lugar de residencia separado de los súbditos egipcios. No era un capricho: era una estrategia. Al vivir en Goshen, apartados del entorno egipcio, Bene Israel no se asimilaron y preservaron su identidad durante generaciones. Como explica el Seforno, fueron precisamente estas diferencias en la alimentación las que impidieron la integración social con los egipcios — y protegieron la identidad del pueblo de Israel.