KASHRUT vs. OZEMPIC

Terminamos Pésaj. Ocho días de matzá, jaroset, carne, papas, tortas de harina de matzá, matzá con chocolate, sopa de matzá — y más matzá. Terminamos Pésaj y empieza Shabbat, y honestamente, ya no tengo un traje en el que pueda entrar.
Después de Shabbat empezamos una dieta estricta.
Pero la pregunta más difícil no es cómo bajar de peso — es cómo controlar, no el hambre, sino las ganas de comer: queremos comer aunque no tengamos hambre.
La Torá, en la Parashá de esta semana, introduce la dieta judía — que no es un régimen de salud ni ayuda a adelgazar. Pero nos entrena, quizás sin que nos demos cuenta, a la Kedushá, la santidad, que significa “autocontrol”, en las áreas más instintivas: la alimentación y la vida sexual. Controlar nuestros impulsos nos diferencia de los animales, que por naturaleza no pueden decir “no”. Esa capacidad de decir “no” es lo que nos eleva. Nos hace literalmente “sobrenaturales”.
La Guemará en Pesajim (49b) lleva esta idea a un extremo sorprendente. Según Ribbí Yehudá HaNasí:
רַבִּי אוֹמֵר: עַם הָאָרֶץ אָסוּר לֶאֱכֹל בָּשָׂר
“Una persona sin educación mínima no debería consumir carne.” Porque quien no puede controlar sus impulsos no se encuentra en un nivel moral superior al de los animales — y por lo tanto, no tiene el derecho de alimentarse de ellos.
Cuando cuidamos el Kashrut desde chicos, nos acostumbramos a controlar nuestro apetito. Recuerdo que una vez, en una fiesta, un señor se acercó a felicitarme por mi hijo de cinco años: le había ofrecido unos dulces y mi hijo, antes de llevárselos a la boca, fue a preguntarle a su hermano mayor si podía comerlos. “Rabino —me dijo— ¿qué premio le prometió a su hijo por no comer caramelos? Yo tengo un hijo de 5 años y ¡es incontrolable! ¿Cuál es el secreto?” El secreto es que un niño criado en un hogar kasher desarrolla “naturalmente” el autocontrol en el área de la comida.
El Kashrut no suprime el apetito como Ozempic. Hace algo más difícil: entrena la voluntad — nos enseña a actuar con Kedushá, con autodisciplina. Nos enseña que podemos querer algo, y elegir no tomarlo. No porque no podamos o no lo deseemos — sino porque decidimos no hacerlo.