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De la vulnerabilidad a la fortaleza: la nueva realidad estratégica de Israel

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POR SAUL SADKA de.   @Saul_Sadka

Al cumplirse el 78º aniversario de Israel, 150 años después de que los judíos comenzaran a regresar en masa a la Tierra Santa, con una población actual de 10.3 millones de habitantes — incluyendo casi la mitad de los judíos del mundo — y siendo uno de los pueblos más prósperos del planeta, la situación estratégica de Israel nunca ha sido tan favorable como hoy.

Israel fue atacado simultáneamente desde Gaza, Líbano y Siria. Su respuesta fue contundente: hoy controla zonas de seguridad militares en los tres frentes. Estas zonas actúan como escudos protectores — franjas de territorio donde el ejército israelí mantiene presencia física y control total, impidiendo que grupos terroristas puedan acercarse a la frontera y lanzar el tipo de ataque masivo y coordinado que ocurrió el 7 de octubre de 2023. Mientras esas zonas permanezcan bajo control israelí, un nuevo 7 de octubre se vuelve prácticamente imposible.

Y aunque pueda parecer paradójico, esta presencia militar israelí es también la mejor noticia para los propios habitantes de Gaza, Líbano y Siria. ¿Por qué? Porque mientras el ejército israelí controle esas zonas fronterizas, los grupos extremistas no pueden usarlas como base de operaciones. Sus territorios dejan de ser útiles para el terrorismo. Los yihadistas podrán seguir intentando atacar desde las fronteras, pero cada intento será más inútil y más costoso que el anterior. En la práctica, las zonas de amortiguación le quitan a los grupos terroristas la posibilidad de “secuestrar” un país entero — su gobierno, su economía, su población — y convertirlo en plataforma de guerra contra Israel. Eso es exactamente lo que ocurrió con Hezbolá en Líbano durante cuatro décadas, y con Hamás en Gaza durante casi dos. Ambos experimentos terminaron en ruina total para sus propios países. Las zonas de amortiguación israelíes son, en ese sentido, una vacuna contra la repetición de ese ciclo destructivo.

Esto nos lleva a una pregunta importante: ¿por qué Jordania y Egipto han logrado mantenerse relativamente estables y libres de este tipo de caos, a pesar de compartir largas fronteras con Israel? La respuesta es, en gran medida, geográfica. Entre Israel y Egipto existe el enorme y casi completamente despoblado desierto del Sinaí — una barrera natural prácticamente imposible de usar como corredor de infiltración a gran escala. Cualquier movimiento de tropas o armamento en ese desierto es visible desde el aire, y cualquier grupo que intentara cruzarlo para atacar a Israel estaría expuesto y vulnerable. Entre Israel y Jordania está el profundo Valle del Jordán — una frontera natural estrecha, fácil de vigilar y muy difícil de cruzar en secreto. En ambos casos, la geografía hace que convertir esas zonas fronterizas en plataformas terroristas sea un proyecto suicida. Y los grupos extremistas lo saben.

No así el sur del Líbano. Esa región es montañosa, densamente arbolada, llena de aldeas y túneles, y durante décadas estuvo poblada por unas 500,000 personas chiítas en su gran mayoría leales a Irán. Fue el terreno ideal para que Hezbolá se instalara, se armara hasta los dientes y operara con relativa impunidad durante cuarenta años — hasta que Israel, finalmente, actuó con toda su fuerza.

Las largas fronteras de Israel con Jordania y Egipto, al ser adyacentes a zonas de muy baja densidad poblacional en ambos lados, no representan actualmente fuentes potenciales de grandes amenazas. Pero ¿qué pasaría si uno de esos gobiernos colapsara? Es un escenario improbable, pero no imposible — las dictaduras y monarquías árabes han demostrado históricamente ser frágiles. En ese caso, Israel actuaría exactamente como lo hizo con Siria en noviembre de 2024: destruiría de forma preventiva todas las capacidades militares ofensivas del país — aviones, misiles, tanques, depósitos de armas — y establecería una zona de amortiguación a lo largo de la frontera. Sin fuerza militar organizada y sin territorio fronterizo accesible, ningún grupo terrorista puede amenazar seriamente a Israel.

Del mismo modo, Israel ha demostrado con creces por qué una invasión militar convencional a gran escala es hoy un escenario prácticamente descartado. Cualquier gobierno que intentara concentrar tropas y equipamiento militar en la frontera con Israel — como Egipto con el Sinaí — vería ese armamento destruido antes de poder utilizarlo. El mensaje es claro y ha sido recibido por todos los actores regionales.

En términos generales, el panorama estratégico de Israel es hoy el mejor de su historia. Sus fronteras están protegidas por zonas de amortiguación reales o por barreras geográficas naturales. Sus enemigos más agresivos han sido neutralizados o gravemente debilitados. Y el programa nuclear iraní — la amenaza más peligrosa que Israel ha enfrentado en su historia moderna, y el proyecto central del principal rival regional de los últimos cincuenta años — ha sido reducido a escombros. Irán, que durante décadas financió a Hezbolá, armó a Hamás y soñó con destruir al Estado judío, sale de este período completamente humillado.

Israel no solo sobrevivió. Salió más fuerte, más seguro y más consolidado que nunca.

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