IRÁN Y VENEZUELA
Israel y Estados Unidos están luchando contra Irán. Estos días trato de escuchar las noticias de Israel y oigo a comentaristas políticos repetir la misma idea superficial: “Irán está siendo destruido, sus líderes van a desaparecer, el régimen va a caer, como cayó Maduro en Venezuela”, etc.
Parte de esto es cierto. Irán claramente calculó mal. Su arsenal militar, con la ayuda de HaShem, va a terminar destruido. Su red de aliados —Hamás, Hezbolá y otras milicias— ha sufrido golpes muy fuertes.
Pero hay un punto fundamental que muchos analistas seculares difícilmente pueden comprender. La enorme diferencia entre Irán y Venezuela es el factor religioso.
Irán no es un país más ni simplemente una estructura política: es una estructura religiosa. Es la República Islámica de Irán (que yo sepa, la única que se define a sí misma de esta manera).
Irán es el centro religioso del mundo chiita. Los chiitas representan alrededor del 10-15 % de los musulmanes del mundo, entre unos 200 y 300 millones de personas.
Para muchos de ellos, los líderes de Irán no son simplemente líderes políticos, sino autoridades religiosas.
El líder de Irán no es comparable a Maduro. Es (era) un líder religioso, una figura espiritual, más comparable a lo que el Papa significa para los católicos del mundo entero.
Para los líderes chiitas, esto no es solo geopolítica. Es una batalla religiosa, apocalíptica, algo parecido a Gog y Magog: el enfrentamiento final.
Por eso hay algo que debemos tener en claro:
Irán (como Hezbolá, Hamás o los hutíes) nunca se va a rendir.
IRÁN Y EGIPTO
Es exactamente lo mismo que ocurrió con el faraón de Egipto. El faraón veía cómo su país se destruía: las imparables plagas devastaban su tierra, su economía colapsaba, su pueblo sufría. Y aun así endurecía su corazón. Prometía liberar a los hebreos y luego se retractaba. Desafiaba una y otra vez a Moshé. Y doblaba la apuesta.
¿Por qué?
Porque rendirse era “humillante”. Significaba admitir que su religión era falsa. Que todos los faraones anteriores habían engañado a su pueblo. Significaba reconocer que el Dios de los esclavos “inferiores” era el verdadero Dios. Egipto, sin sus creencias religiosas, no tenía razón de ser. Y el faraón prefirió ver su país totalmente destruido antes que rendirse.
Por eso la confrontación con un régimen extremista religioso es mucho más peligrosa que la de cualquier dictadura secular.
CONCLUSIÓN
Israel enfrenta a extremistas fanáticos, dispuestos a actuar como kamikazes, sin escrúpulos y extremadamente peligrosos.
Digo todo esto no para alarmarnos, sino para entender la situación con más claridad. Y también para recordar algo muy importante —quizás lo más importante—:
No tenemos que cantar victoria ni dejar de rezar: debemos seguir pidiendo a HaShem Su ayuda para los que están en el frente y también Su protección para los que están en la retaguardia. Y, al mismo tiempo, redoblar nuestra seguridad en Israel y fuera de Israel.

