¿La Tierra de Israel o el Estado de Israel?

LA TIERRA DE ISRAEL
Jerusalem no siempre fue la capital vibrante del Estado judío que conocemos hoy. Durante siglos, los pocos Yehudim que lograban llegar a la Tierra de Israel eran apenas una minoría indefensa, sin soberanía, viviendo bajo el dominio de potencias extranjeras.
Durante generaciones, visitar Jerusalem era un sueño utópico, casi irrealizable: un acto de fe. Y contemplar las ruinas de la ciudad —no solo del Templo (Bet HaMiqdash)— provocaba un dolor tan profundo que nuestros Sabios establecieron que quien las viera debía rasgar sus vestiduras en señal de duelo.
Pienso en Yehudá HaLeví, el gran poeta y filósofo quien —según la tradición— murió trágicamente asesinado a las puertas de Jerusalem en 1141, recitando su poema Tzión halo tishalí. O en Maimónides, que al llegar a la Tierra de Israel unos 50 annos mas tarde pudo visitar Jebrón, pero no logró siquiera entrar a Jerusalem debido a las sangrientas cruzadas entre cristianos y musulmanes.
Durante más de 1800 años, la presencia judía en Jerusalem estuvo constantemente amenazada. No teníamos ejército, gobierno ni autoridad. Éramos perseguidos por musulmanes y cristianos por igual, víctimas de los caprichos del poder de turno.
¿RELIGIÓN O NACIÓN?
En su razonamiento acerca de por qué, en tiempos contemporáneos, ya no sería necesario rasgar las vestiduras —algo que los Sefaradim, sin embargo, seguimos haciendo— el rabino Tzvi Yehudá Kook z”l desarrolla un argumento basado en una interesante interpretación del Bet Yosef.
Sostiene que el duelo pleno por Jerusalem no depende únicamente de la existencia o no del Templo, sino de quién gobierna Israel y Jerusalem. Si la ciudad está bajo dominio extranjero, entonces sí, debemos lamentar nuestra pérdida. Pero desde 1967, Jerusalem está en nuestras manos y se reconstruye día a día. Jerusalem ya no es solo parte de la Tierra de Israel: es la capital del Estado de Israel.
Esta distinción entre “Tierra” y “Estado” es fundamental para comprender Purim. En la época de Mordejai y Ester, unos 50.000 judíos vivían en Jerusalem y sus alrededores, y el Bet HaMiqdash estaba construido y funcionando. Esto fue posible gracias al decreto del emperador persa Ciro en 538 a.e.c., que proclamó la libertad de culto para los judíos y los autorizó a reconstruir el Templo.
Pero aun con la posibilidad de vivir en Jerusalem, los judíos seguían siendo súbditos del Imperio persa. No tenían soberanía ni ejército propio, y tras la muerte de Ciro ni siquiera pudieron obtener permiso imperial para reconstruir las murallas de la ciudad (algo que solo logró Nejemiá bajo Artajshasta, hijo de Ajashverosh).
Al carecer de soberanía, cualquier decreto imperial podía sellar el destino del pueblo judío. El mejor ejemplo es el edicto de Hamán: la aniquilación de todos los judíos del Imperio persa, que habría alcanzado también a los judíos de la propia Tierra de Israel.
NO NOS DAMOS CUENTA DE LO BIEN QUE ESTAMOS
Hoy, gracias a Dios, “Tierra” y “Estado” coinciden. Ya no dependemos del favor de reyes o gobernantes ajenos. Seguimos teniendo enemigos como Hamán, que desde la misma región siguen llamando a nuestra destrucción. Pero hoy podemos protegernos —con la ayuda de Boré Olam y el valor extraordinario de los soldados de nuestro ejército—.
Construimos y reconstruimos nuestras ciudades, y garantizamos que ningún Hamán moderno pueda decidir nuestro destino.
Dios obró milagros en Purim a través de Mordejai y Ester. Hoy, Su Providencia se manifiesta a través de quienes defienden la existencia de Medinat Israel.
Para comprender mejor la importancia contemporánea de esta idea, basta observar brevemente la visión musulmana sobre el “Estado” frente a la “Tierra” de Israel. Incluso los árabes más moderados —no yihadistas— sostienen que los judíos podrían vivir en la Tierra de Israel, pero no tener un Estado.
Según esa visión, los judíos podrían residir en la Tierra Santa como minoría protegida, pagando un impuesto especial (jizya), pero sin soberanía ni ejército propio; es decir, dependiendo de la buena voluntad de quienes gobiernen.
En términos prácticos: si Israel depusiera las armas, incluso los sectores árabes más moderados estarían dispuestos a conceder a los judíos el derecho a residir y practicar su religión, pero no el derecho a la autodeterminación. Se repetiría así el mismo escenario que vivimos bajo el Imperio persa y durante siglos en países musulmanes: quedaríamos a merced del poder de turno.
LA TRAMPA DEL DESAGRADECIMIENTO
Por eso, cada vez que un judío habla de la “Tierra de Israel” y omite mencionar el “Estado de Israel”, sin querer refuerza ese mismo discurso.
Quizás algunos no se sienten plenamente identificados con el Estado judío porque aún no es lo suficientemente religioso, etc. Pero al negar la idea del Estado judío y repetir ese lenguaje galútico, uno actúa —aunque sea involuntariamente— con ingratitud hacia Boré Olam, que nos ha concedido este privilegio histórico extraordinario.
En los tiempos mesiánicos, según Maimónides, el primer paso será precisamente la restauración de la soberanía judía sobre la Tierra de Israel, bajo el liderazgo del Mélej HaMashíaj: un rey soberano que el propio pueblo judío unge, no un gobernante designado por potencias extranjeras.
Cada vez que afirmamos que tenemos un Estado de Israel, declaramos también que nuestras aspiraciones mesiánicas están más cerca de realizarse.
La lección de Purim es clara: sin un Estado propio, sin capacidad de defensa propia, el pueblo judío siempre estará en peligro. No importa cuán libres seamos para practicar nuestra religión, ni siquiera si vivimos en Israel o en la diáspora: sin soberanía, siempre puede surgir un Hamán que nos encuentre indefensos, incluso en la propia Tierra Santa.
Hoy, en un sentido profundo, todos los Yehudim del mundo son potencialmente ciudadanos de Israel.
El milagro de Medinat Israel ocurre ante nuestros ojos.
Solo hace falta abrirlos para verlo.