MEGUILAT ESTER – CAPÍTULOS NUEVE Y DIEZ

VERSÍCULOS 1–5: EL DÍA SEÑALADO
Llegó el día trece del mes de Adar, la fecha que había sido fijada en el decreto original de Hamán. Era el día en que los enemigos de los judíos esperaban someterlos y destruirlos. La situación ahora se había invertido: eran los judíos quienes tenían autorización real para tomar las armas y defenderse.
En todas las provincias del imperio, los judíos se organizaron. Se reunieron en sus ciudades y comunidades, preparados para proteger sus vidas y sus familias. Nadie podía impedirlo, porque el nuevo decreto del rey les daba ese derecho.
El temor había cambiado de lado. Ahora los enemigos de los judíos —que ya se habían identificado como tales y habían anunciado que estaban dispuestos a matar a sus vecinos y quedarse con sus bienes— comenzaron a temer. Sabían que Mordejai ocupaba una posición elevada en el palacio. Por eso, los funcionarios del rey, los gobernadores y los administradores provinciales comenzaron a apoyar y asistir a los judíos, pues comprendían que el favor real estaba ahora con ellos.
Cuando llegó el momento, los judíos atacaron a quienes habían amenazado públicamente levantarse contra ellos. Sometieron a sus enemigos y derrotaron a quienes intentaron dañarlos.

VERSÍCULOS 6–10: LO QUE OCURRIÓ EN SHUSHÁN
En la ciudad de Shushán, la capital, el enfrentamiento fue especialmente intenso. Allí los judíos eliminaron a quinientos hombres que habían actuado como sus enemigos.
Entre los que cayeron estaban también los diez hijos de Hamán: Parshandatá, Dalfón, Aspatá, Poratá, Adaliá, Aridatá, Parmashatá, Arisai, Aridai y Vaizatá.
Todos ellos pertenecían a la casa y al poder de Hamán.
El texto subraya un detalle muy importante: los judíos solo se defendieron, pero no tomaron los bienes de sus enemigos, aunque tenían autorización para hacerlo. Esto deja claro que, a diferencia de sus adversarios, actuaron únicamente en defensa propia, sin intención de lucro ni de aumentar su riqueza.

VERSÍCULOS 11–15: UN SEGUNDO DÍA EN SHUSHÁN
Ese mismo día, el número de muertos en Shushán fue informado al rey Ajashverosh.
El rey dijo a la reina Ester:
—En Shushán los judíos han matado a quinientos hombres y han ejecutado a los diez hijos de Hamán. ¿Qué se hizo en las demás provincias? ¿Cuál es ahora tu petición? Pídeme lo que quieras, que te será concedido.
Ester, con prudencia, pidió dos cosas.
Primero, que a los judíos de Shushán se les permitiera defenderse también al día siguiente, el día catorce de Adar, como ya habían hecho el trece, porque sus enemigos en Shushán —los más poderosos— aún no habían sido totalmente neutralizados.
Segundo, que los diez hijos de Hamán fueran expuestos en el mismo instrumento donde habían sido ejecutados, como señal pública de que su poder había terminado.
El rey aceptó. Y así, los judíos de Shushán se organizaron nuevamente el día catorce de Adar y eliminaron a otros trescientos enemigos, sin tomar sus bienes.

VERSÍCULOS 16–19: EL DESCANSO Y LA ALEGRÍA
En las demás provincias del imperio, los judíos se habían organizado para defenderse el día trece de Adar. Allí derrotaron a quienes los atacaron y eliminaron a setenta y cinco mil de sus enemigos. Y en todas partes se comportaron con el mismo principio excepcional de nobleza: no se apoderaron del dinero de sus adversarios.
El día catorce de Adar ya no hubo más combate. El peligro había pasado. Ese día se transformó en jornada de alegría y celebración.
En Shushán, en cambio, como el enfrentamiento continuó también el día catorce, el descanso y la celebración ocurrieron el día quince.
Por eso se estableció una diferencia:
los judíos de las ciudades comunes celebran el catorce de Adar;
los judíos de ciudades fortificadas —como Shushán— celebran el quince.

VERSÍCULOS 20–23: EL ESTABLECIMIENTO DE PURIM
Mordejai registró todos estos acontecimientos y envió cartas a todos los judíos del imperio, cercanos y lejanos.
En estas cartas estableció que cada año los judíos debían celebrar estos días —el catorce y el quince de Adar— y recordar cómo habían pasado de la angustia a la celebración, del duelo a la alegría.
Se dispuso que fueran días de alegría, banquetes, envío de alimentos a los amigos y ayuda a los pobres.
Los judíos aceptaron esta práctica y la asumieron como tradición permanente.

VERSÍCULOS 24–28: EL NOMBRE PURIM
Hamán, hijo de Hamedatá el agaguita, enemigo de los judíos, había planeado destruirlos. Para fijar la fecha del ataque había echado el pur, es decir, el “sorteo”, y así había elegido al azar el día trece de Adar.
Por eso estos días fueron llamados Purim, en recuerdo de ese sorteo que había intentado determinar su destrucción.
Pero la historia se había invertido: el decreto de muerte se transformó en salvación; el temor en alegría; el duelo en celebración.
Por eso Mordejai y Ester establecieron que estos días debían ser recordados y observados por todas las generaciones judías, en todas las comunidades y en todos los lugares donde vivieran.

VERSÍCULOS 29–32: CONFIRMACIÓN DE ESTER
La reina Ester, junto con Mordejai, confirmó oficialmente la institución de Purim. Se enviaron nuevas cartas con autoridad real, estableciendo definitivamente la observancia de estos días y sus prácticas: los ayunos recordatorios previos y los días de alegría de Purim.
Así quedó fijada la celebración en el registro oficial del imperio y en la memoria del pueblo judío.

CAPÍTULO DIEZ

Después de los acontecimientos de Purim y de la caída de Hamán, el rey Ajashverosh impuso tributo sobre su territorio continental y también sobre las islas que estaban bajo su dominio.
Los actos de poder del rey y su grandeza, así como la elevación de Mordejai como primer ministro, quedaron registrados en el libro de las crónicas de los reyes de Media y Persia.
Mordejai se convirtió en el visir del rey Ajashverosh, el funcionario más alto del imperio después del monarca.
Mordejai era muy respetado entre los judíos y apreciado por la mayoría de su pueblo. Y mientras estuvo en el palacio de Ajashverosh, hizo todo lo posible para beneficiar a su pueblo y promover el bienestar y la paz para las generaciones futuras.