LA DIGNIDAD DEL CUERPO
Nuestra Parashá, Jayé Sara, comienza con un acto que define la visión del pueblo judío acerca de la dignidad de la vida y del cuerpo que la contuvo durante su estadía terrenal. Nuestro primer patriarca, Abraham, se ocupó personalmente del entierro de su esposa Sará y nos enseñó que se hace con la mayor dignidad posible: adquiriendo un lugar de sepultura y rechazando la cesión o el préstamo de esa parcela ofrecido por los hititas.
El primer título de propiedad judío en la historia no fue asignado a una casa ni a un campo: fue un cementerio, para enterrar el cuerpo de un ser querido con dignidad.
REGRESO A LA TIERRA
Resulta intrigante lo que parece ser una paradoja: el judaísmo, por un lado, le da enorme importancia al alma, a la vida espiritual; pero por otro lado, parece obsesionado con el cuerpo muerto, ya sin vida y separado de su alma. ¿Por qué?
Creemos en la superioridad del alma sobre el cuerpo. No nos definimos como cuerpos con almas, sino como almas contenidas en cuerpos. Ese contenedor, sin embargo, es el instrumento indispensable que permite a la neshamá conectarse con este mundo. La dignidad que se le presta al cuerpo sin vida es un acto de reconocimiento y gratitud, hakarat hatob, al cuerpo por haber servido al alma durante su paso terrenal.
La tradición judía enseña que el entierro correcto es la forma más elevada de beneficencia: jésed shel emet, un acto de bondad hacia alguien que ya no puede retribuir.
Y es también el cumplimiento de un deber. Cuando Dios toma el alma después de la vida y la regresa a su dimensión celestial, nosotros devolvemos el cuerpo a la tierra de la cual fue tomado: “Ki afar atah ve’el afar tashuv” — “porque polvo eres y al polvo volverás”. Así, entre lo que hace Dios y lo que hacemos nosotros, todo finalmente vuelve a su lugar de origen.
REGRESO A LA TIERRA DE ISRAEL
Abraham también nos enseña que el lugar donde se entierra a un ser querido es parte de la dignificación del cuerpo. Nuestro patriarca podía haber sepultado a Sará cerca de su hogar, como hacía todo el mundo. Sin embargo, elige un sitio especial: un cementerio donde, según nuestra tradición, descansan Adam y Javá.
Y así, el cuerpo, tal como lo hace el alma en el mundo venidero, no descansa en soledad, sino que se “reúne con los fallecidos de su pueblo” (vayeaséf el amav).
Cuando Abraham compra la cueva de Majpelá y entierra allí a Sará, nos dejó un legado eterno: la obligación de que el cuerpo sin vida de un Yehudí repose en un keber Israel, un cementerio judío, junto a los fallecidos de su pueblo.
EL REGRESO DE HADAR GOLDIN z”l
Con estas lecciones en mente, entendemos mejor la magnitud de lo ocurrido este martes pasado, 20 de Jeshván, en Israel: ese día fueron enterrados los restos de Hadar Goldin z”l. El joven teniente Goldin, de 23 años, fue asesinado por Hamas en 2014 al culminar la guerra de Tsuk Eitan. Su cuerpo sin vida fue secuestrado y quedó por más de once años sin sepultura en manos de sus asesinos, a pesar de los pedidos de Israel para su devolución.
El dolor de la familia Goldin fue indescriptible. No hay sufrimiento comparable al de perder un hijo. Pero lo único aún más insoportable es no poder enterrarlo.
La familia experimentó durante once años el dolor que la Torá describe con Yaacob cuando pensó que había perdido a su hijo Yosef. Pero sin cuerpo, no tuvo closure: el cierre emocional indispensable para comenzar el duelo. Porque cuando no hay un cuerpo que enterrar, siempre queda esa mínima posibilidad —por más irracional que sea— de que tal vez nuestro ser querido siga vivo.
Esto lo comprendí mejor en el basement de la calle Ayacucho 632 después del atentado a la AMIA en julio de 1994. Recuerdo las familias que, incluso tras dos semanas de espera, seguían imaginando que su ser querido podría estar en estado de shock, sin memoria, deambulando por la ciudad. La lógica negaba esa posibilidad, pero no había un cuerpo que permitiera el alivio del closure.
Cuando esa duda dura once años, se convierte en una tortura imposible de soportar. La familia Goldin vivió ese martirio: un duelo inconcluso —o que nunca comenzó—, una herida abierta que recién ahora pudo cerrarse.
UMI KEAMJÁ ISRAEL
En el relato del entierro de Sará, la palabra “libkotah”, “llorarla”, aparece con la letra KAF más pequeña. Nuestros sabios explican que Abraham lloró, pero no demasiado. ¿Por qué? Porque obviamente sintió el inmenso dolor por la pérdida de su esposa de toda la vida, pero al mismo tiempo experimentó la satisfacción de celebrar que la vida de Sará había sido plena y fructífera.
Algo similar ocurrió este martes en el entierro de Hadar Goldin: Israel experimentó un enorme dolor por una vida tan joven y significativa que se perdió. Pero al mismo tiempo, el pueblo judío recibió con una inmensa alegría la noticia de que, luego de once años de espera, Hadar Goldin regresaba a casa.
La moral del Estado y del ejército de Israel es única en el mundo: no se deja atrás a ningún soldado, ni siquiera sus cuerpos sin vida. Recuerdo cuando el presidente Trump dijo públicamente que no entendía por qué Israel estaba dispuesto a hacer tantos sacrificios para rescatar también los restos de sus soldados, y que eso lo impresionaba profundamente. No todos los pueblos del mundo lo entienden. Pero el pueblo judío sí.
Hadar Goldin z”l regresó a casa, a su tierra y a su pueblo, porque así lo estableció Abraham Abinu y lo reclama nuestra historia.
Lo que comenzó en la cueva de Majpelá con nuestra matriarca Sará continuó este martes con Hadar Goldin z”l.

