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TERUMA: ¿Somos avaros los judíos?

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TRABAJO FORZADO

En la Parashá de esta semana, Terumá, comenzamos a leer sobre el Mishkán o Tabernáculo, es decir, el Templo que el pueblo de Israel construyó en el desierto. Dentro del Mishkán había ciertos artefactos sagrados (כלים) como el Arca del Pacto, donde estaban las dos tablas de la Ley; la Menorá; una mesa especial (Shulján Hapanim); y el altar del incienso. Todos estos objetos se hicieron de oro puro. También había otros elementos y piezas del Tabernáculo que se hicieron de plata o de cobre. Vigas hechas con una madera especial y cortinas confeccionadas con telas muy finas.

¿De dónde sacó Moshé estos metales preciosos y los demás materiales necesarios para construir el Mishkán? Cuando los reyes de los pueblos paganos construían un templo—muchas veces dedicado a sí mismos—tenían que imponer impuestos por la fuerza o confiscar riquezas del pueblo para lograrlo. Sería de esperar, entonces, que Moshé hubiera obligado al pueblo a pagar un alto impuesto o por lo menso forzar al pueblo a trabajar —como lo hicieron en Egipto—para construir el Tabernáculo.

TRABAJO VOLUNTARIO

Pero esto no fue lo que sucedió. Moshé no necesito imponer impuestos. Los trabajadores judíos llegaron voluntariamente. Y las maderas, las telas y los metales preciosos fueron donados por el pueblo. Moshé sólo tuvo que solicitar las donaciones, y estas fueron dadas literalmente de corazón.

Así comienza nuestra Parashá: «Y habló HaShem a Moshé diciendo: Dile a los hijos de Israel que tomen/donen una ofrenda para Mí; tomaréis la donación de todo aquel cuyo corazón lo mueva a hacerlo».

La respuesta del pueblo a la solicitud de Moshé, que aparece unos 10 capítulos más adelante, fue increíble. La Torá relata algo extraordinario, probablemente único en los anales de la historia de la filantropía: no sólo que no faltó nada de lo que era necesario para el Mishkan, sino que al final las donaciones “sobraron”. Lejos de declarar un déficit, ¡se proclamó un superávit!

Así dice el capítulo 36 de Shemot: «Y ellos [el pueblo] seguían trayendo sus ofrendas voluntarias cada mañana. Entonces vinieron los hombres que estaban a cargo del trabajo del santuario y le dijeron a Moshé: ‘El pueblo está trayendo más de lo que se necesita para la obra de construcción…’ Entonces Moshé dio la siguiente orden, que se proclamó por todo el campamento: ‘Ningún hombre ni mujer deberá traer más donaciones para la obra del Tabernáculo. Porque el material que hay es ya abundante, y es más que suficiente para hacer toda la obra’».

LO CONTRARIO DE DEFICIT

Superávit—cuando hay más de lo que se precisa—es una palabra que rara vez se usa, especialmente cuando se recaudan fondos. Pero así fue: el pueblo de Israel fue tan generoso que hubo un exceso de donaciones.

Pero ¿de dónde sacaron los esclavos judíos todos esos objetos de valor? La Torá nos cuenta que en los días previos a la salida de Egipto, los Yehudim le reclamaron a los egipcios que les pagaran una indemnización por los años trabajados: «Y pidieron a los egipcios objetos de plata, objetos de oro y vestimentas» (Shemot 12:35). Y así sucedió: los egipcios desesperados por las plagas le concedieron a los judíos objetos de gran valor.

Lo interesante es que esta fue la primera vez que los esclavos hebreos poseían joyas, telas finas y otros elementos valiosos. Y lo normal es que uno NO se desprenda de algo de valor, especialmente cuando lo tiene por primera vez… Por eso insisto en que la generosidad que demostró el pueblo judío es increíble, sin paralelos en la historia antigua, y quizás moderna también.

BENEFICENCIA ANÓNIMA

Más allá de la bondad que representa el donar en abundancia, el epítome del altruismo y la generosidad es el anonimato. En el Mishkán, nadie pretendía que su nombre fuese mencionado en una placa especial o en algo similar. El Mishkán era consagrado para Bore Olam, el Creador, y las ofrendas eran totalmente anónimas.

Esto me recuerda una historia real que presencié en Israel. Existe una forma de hacer Tsedaqá que es admirable, ya que incluye estos tres elementos: generosidad, anonimato y superávit.

Un hombre generoso, llamémoslo Sr. Cohen, viaja a Israel todos los años, entre otras cosas, para dar Tsedaqá a la gente pobre de Israel. El Sr. Cohen separa durante todo el año parte de sus ingresos para este generoso fin. Una vez en Israel, visita ciudades y barrios donde hay pobres, Abrejim necesitados o personas con escasos recursos. Va al almacén del barrio (cada año trata de visitar un barrio diferente) y le pregunta al almacenero si le da crédito a sus clientes, lo cual es muy común en Israel.

El almacenero le muestra una libreta con las deudas de decenas de familias—por lo general con muchos hijos—que han acumulado deudas significativas a cuenta de la comida que compran para sus hijos: pan, leche, azúcar, queso para untar, tomates y pepinos: la dieta básica de una familia de bajos recursos en Israel. El Sr. Cohen le extiende al almacenero un cheque por el valor de la deuda y se va.

La historia de la generosidad y el altruismo anónimo que comenzó en el Mishkán se repite permanentemente. Muy lejos del prejuicio antisemita de que los judíos somos avaros, las estadísticas demuestran que nuestros correligionarios superan en actos de filantropía a los miembros de otras religiones. Si no escuchamos más sobre estos actos de bondad, es porque los más importantes actos de filantropía se llevan a cabo, como en el Mishkán, anónimamente, sin interés de figurar.

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