Educación sexual y fidelidad al texto bíblico

Hace muchos años —no menos de 35— visité la Yeshivá Barkai, en Kiryat Arba, Israel. Mi interés era muy específico: quería aprender y luego aplicar en nuestra escuela Maimónides, en Flores (Buenos Aires), el sistema educativo que allí se aplicaba.
El método de estudio era —y sigue siendo— muy exigente. Los primeros primer se estudiaba el Tanaj de manera intensiva: lo completaban en cuatro o cinco años. El énfasis estaba puesto en la lectura precisa del texto con ta‘amim, y en la comprensión profunda del Peshat, el sentido literal del texto, para lo cual hace falta un gran dominio de la gramática hebrea. Los midrashim, a diferencia de lo que se hace hoy en casi todas las escuelas judías, quedaban reservados para una etapa posterior.
En Barkai me recibió con enorme amabilidad el fundador y director el rabino Dan Beeri, quien había emigrado de Francia y declaraba con mucho orgullo que él seguía la tradición del rabino Ezra Attie z”l. Su misión era clara: enseñar a niños y jóvenes el texto del Tanaj a la perfección, siguiendo el modelos de la tradición sefaradí, y la Mishná que dice que a los 5 años se comienza con Mikra.
Una oportunidad inesperada
Tras una breve conversación, el rabino Beeri me dijo que debía despedirse porque tenía que reunirse con un grupo especial de educadores que habían venido a observar un tema particular: cómo se impartía en Brakai el tema de educación sexual.
Le pregunté si podía sumarme al grupo y acompañarlos en la visita y me respondió que sí.
Hasta ese momento, yo nunca había participado de una experiencia similar. Ni había prestado demasiada atención al tema de la educación sexual, así que fui a ese encuentro espontáneo con mucha curiosidad. Ingresamos al tercer grado donde los alumnos estudiaban el libro de Iyov recitandolo con Ta‘amim, con una precisión realmente impresionante. Y luego salimos a conversar con ese maestro sobre cómo se enseñaba el tema de la educación sexual en la escuela.
¿Y POR QUÉ ?
Lo primero que nos explicó fue que la necesidad de abordar este tema no había surgido por presión externa, ni por un intento de anticiparse a la sociedad general o a los medios (que en esa época estaban mucho menos desarrollados que hoy), sino por una razón completamente distinta:
no se puede comprender las historias de la Torá –ni enseñarlas correctamente– si los alumnos no entienden de qué trata la sexualidad.
En su escuela no estaban dispuestos a “saltearse” ningún episodio que forma parte del texto bíblico, y el uso de eufemismos —explicó— generaba más confusión que soluciones. ¿Cómo van a entender correctamente lo ocurrido con Reuvén y Bilhá, o con Diná, o el episodio de la esposa de Potifar y Yosef, si no se comprende el contenido real del texto?
La Torá usa referencias explícitas sobre estos temas delicados. Para ilustrar mejor la necesidad pedagógica nos propuso un desafío: “Repasen libro de Bereshit y muéstrenme una sola parashá que no tenga alguna referencia sexual explícita.”
Todos los educadores presentes nos tomamos un par de minutos y revisamos mentalmente las 12 parashiot de Génesis y, efectivamente, no hay ninguna sin algún tipo de referencia explícita de ese tipo.
Por primera vez esccuche que era el estudio de la Torá lo que justircsb la nececisadad encsiadad de abordar la educación sexual de manera clara y honesta.
¿Cómo se lo explican a los niños?
Pero entonces surgió la pregunta clave: ¿cómo le explicaban a los niños? ¿Con metáforas, con gráficos, con cigüeñas? La respuesta fue simple y directa, y trataré de reproducirla con fidelidad. En tercer grado, el maestro saca a los alumnos unos minutos del contexto habitual de la clase y les explica exactamente qué ocurre y cómo ocurre, utilizando los nombres reales de los órganos sexuales, de manera verbal, y deliberadamente sin gráficos. La explicación verbal —decía el maestro— es suficientemente clara y, al mismo tiempo, discreta. Es un momento de absoluta incomodidad tanto para el maestro como para los alumnos, pero cuyos beneficios a corto y largo plazo eran enormes. Agregó que, una vez que los niños aprenden incluso el significado de las llamadas “malas palabras” que eventualmente pueden escuchar, estas dejan de generar reacciones nerviosas: se desdramatizan, se racionalizan y pierden fuerza por su propia absurdidad.
Aplicación personal
Por mi parte, adopté este enfoque y lo apliqué con cuidado en la educación de mis hijos. Y tal como dijo el maestro: son unos minutos de incomodidad con enormes beneficios, que ayudan a prevenir confusiones, fantasías distorsionadas y malentendidos sobre la sexualidad.
PD: Es importante aclarar que la experiencia que describo tuvo lugar en una escuela exclusivamente para varones, en un contexto social que en aquel entonces era mucho más contenido y homogéneo.